Fragua de Vulcano

Fragua de Vulcano

FÉRREA UNIDAD
Los primeros pasos del golpe final de la revolución octubrina no tuvieron obstáculos. Por una ardid inteligente del capitán Damián Nájera, el comandante del Cuerpo de Artillería, Manuel Torres Valdivia, cayó prisionero y facilitó que el parque fuera tomado por los revolucionarios. Cerca de las 01:30 del lunes 9, el capitán León de Febres-Cordero, con apoyo de los hombres del Granaderos, llegó al cuartel del Cuerpo de Artillería en pos de mayor respaldo y lo consiguió, gracias a su arenga convincente en torno a los principios inspiradores de la faena.

Según lo planificado, el capitán Luis Urdaneta con varios jóvenes y algunos miembros de tropa del Granaderos llegó al Escuadrón Daule, que por la anticipada tarea de los sargentos José Vargas e Isidro Pavón ratificó su adhesión al movimiento. Entre esos felices desenlaces y aunque existió el buen deseo de evitar inútil derramamiento de sangre, el oficial Joaquín Magallar perdió la vida frente a sus subalternos al querer interferir el avance triunfal de los patriotas.

Mientras eso ocurría en el Daule, Francisco de Paula Lavayen, José de Antepara, Baltazar García y Lorenzo de Garaycoa, y otros revolucionarios y soldados del Daule, marcharon a ocupar la batería de Las Cruces. En cambio, en otros puntos de la ciudad fueron tomados prisioneros el gobernador Pascual Vivero, el vicegobernador José Elizalde y el coronel Benito García del Barrio. El capitán José Villalva fue arrestado muy por la mañana.

SEMANA TRASCENDENTAL
Del domingo 1 al domingo 8 de octubre de 1820, Guayaquil protagonizó actos que aseguraron el triunfo de los insurgentes. La decisiva reunión dominical en casa de José de Villamil, donde a propósito de un baile para Isabelita Morlás, hija de Pedro Morlás, ministro de las Cajas Reales, sirvió para que los conjurados a instancias del inteligente José de Antepara invocaran el simbolismo de la ‘Fragua de Vulcano’ y ratificaran el compromiso a seguir inclaudicables en el empeño de libertar a su tierra.

Asimismo, revistieron importancia las peticiones formuladas en distintos días al coronel Jacinto Bejarano, al jurista y literato José Joaquín de Olmedo y al coronel Rafael Ximena para que asumieran la jefatura del movimiento, quienes se excusaron amparados en razonados argumentos sin olvidar, eso sí, el compromiso adquirido. También revistió importancia la ayuda de los oficiales Gregorio Escobedo, Hilario Álvarez, Damián Nájera, Isidro Pavón, José Vargas y otros, quienes a pesar de formar las escuadras españolas, se mostraron solidarios con la revolución.

La llegada providencial a Guayaquil de los oficiales venezolanos Miguel de Letamendi, León de Febres-Cordero y Luis Urdaneta, del batallón Numancia, que regresaban desde Perú a su patria natal por descubrirse su vínculo con labores antirrealista, de la misma manera auguró el éxito del trabajo conspirador. El apoyo oportuno de Manuel de Luzárraga y Francisco Loro, que retrasaron el zarpe de la goleta Alcance para auxiliar a los próceres en los momentos de apremio o cualquier otro imprevisto relacionado con el golpe final de la jornada, también jugó papel determinante para el triunfo de la causa.

L os propósitos de revolucionarios que se manifestaron pese a ser manejados con cautela, determinaron que las autoridades españolas impusieran un mayor control de la ciudad y región, y no descuidaran su poderío militar en la plaza para apaciguar cualquier novedad. Testimonio de ello fue la numerosa tropa, obediente a la corona peninsular, repartida en los Granaderos de Reserva, Milicias Urbanas de Guayaquil, Escuadrón Daule, Brigada de Artillería y la tripulación de las lanchas cañoneras que patrullaban el río Guayas y sectores aledaños.

En medio de este alarde de fuerza, que puso en práctica la monarquía, los patriotas guayaquileños se mantuvieron unidos y continuaron llamando a más simpatizantes del movimiento. Las admiradas figuras de José de Antepara, José de Villamil, José Joaquín de Olmedo, León de Febres-Cordero, Rafael Ximena, Lorenzo de Garaycoa, Vicente Ramón Roca, Francisco de Paula Lavayen, Miguel Letamendi, Luis Urdaneta, Manuel de J. Fajardo y muchos otros personajes insistieron en su noble objetivo.

Alrededor de las 16:00 del domingo 8, los próceres estuvieron en casa de José de Villamil para evaluar los últimos pasos revolucionarios. Mientras conversaban observaron un inusual ajetreo de tropas realistas, actitud que les preocupó. Averiguado el porqué, conocieron que una Junta de Guerra que dirigió el gobernador Pascual Vivero, en la Casa del Gobierno, reveló que ya se conocían sus planes. Aún más, soldados del Granaderos de Reserva salió al Malecón y calles aledañas a realizar marchas para atemorizar a los líderes y simpatizantes del movimiento.

La orden de Vivero la secundó el oficial Joaquín Villalba, capitán del Puerto, quien ordenó que las lanchas cañoneras hicieran similares maniobras. Pero esas intenciones tuvieron efecto contrario, pues en lugar de acobardar a los patriotas los apuraron a agilizar los planes. Así, alrededor de las 22:00, Gregorio Escobedo se dirigió a la casa de José de Villamil para indicarle que lo previsto iba adelante y que a las 02:00 del nuevo día todos participarían del momento cumbre. Le recordó, además, que los revolucionarios estarían en el cuartel de Granaderos, convertido en el centro de operaciones.




El prócer José de Antepara bautizó como la Fragua de Vulcano al sitio de reunión de los próceres en casa de Villamil, en alusión al taller donde Vulcano, dios del fuego, forjaba los metales y los rayos de Júpiter,según la mitología romana.Detalle de la interpretación de la Fraguade Vulcano, obra de Diego de
Velázquez (1630).