Revolución Liberal del 5 de Junio

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El contexto de la Revolución Liberal

Eloy Alfaro
A partir de 1895 la Revolución Liberal cambió el panorama político del país, desplazando definitivamente a la aristocracia terrateniente en el control hegemónico del Estado. Este desplazamiento no sucedió sólo en Ecuador, ya que en toda América Latina se consolidó el Estado liberal burgués que relegó al Estado terrateniente precapitalista.

La apertura comercial de Ecuador fue parte de un proceso mundial de desarrollo del capitalismo a través del control del mercado mundial. La burguesía liberal, que se convirtió en la clase dominante, aceptó el papel de la región como proveedora de materias primas y alimentos y consumidora de productos industriales. Según algunos autores, más que un período revolucionario, se trató de un nuevo pacto colonial: cuando la incorporación al mercado mundial hizo que el liberalismo fuese funcional a los nuevos intereses hegemónicos fue posible su triunfo y su dominio en el continente. Incluso así, se trata de un liberalismo peculiar en el que subsisten fuertes rezagos feudales.

Ya desde el período de García Moreno y, sobre todo, durante los gobiernos de Borrero y Veintemilla, Eloy Alfaro había descollado como líder e ideólogo del ala radical del liberalismo. El liberalismo radical era compartido por sectores populares, pequeños y medianos propietarios y jornaleros del agro costeño, ávidos por cambiar las condiciones políticas y sociales. Desde 1825, se organizaron en las montoneras, en el contexto del crecimiento económico de la Costa, y como respuesta a la violencia ejercida por los hacendados y el nuevo poder republicano.

Las montoneras estaban constituidas por campesinos montubios, fundamentalmente manabitas, peones de las haciendas y trabajadores independientes. Las reivindicaciones concretas que hicieron durante algunos años se convirtieron en reclamos políticos basados en una ideología liberal durante el gobierno de García Moreno. En estas montoneras se unieron los campesinos con los hacendados y caudillos locales para enfrentar una ideología hegemónica que los desplazaba. Como señala el historiador Jorge Núñez, las tropas gubernamentales no pudieron hacer mucho para frenar su acción pues contaban con amplio respaldo en la región.

Fue en las montoneras donde el liderazgo de Alfaro empezó a consolidarse. Manabita e hijo de pequeños comerciantes, Alfaro logró, con su inteligencia y firmeza, el liderazgo del movimiento en toda la Costa. Entre el exilio y la lucha montonera, Alfaro posicionó el liberalismo revolucionario mientras los gobiernos progresistas, fruto de una alianza entre los liberales y conservadores moderados, mostraron sus debilidades y su poca capacidad de respuesta a los rápidos cambios que se sucedieron. Al mismo tiempo se consolidó un grupo de revolucionarios radicales que, durante los exilios sufridos, se relacionaron con las élites liberales del continente y participaron activamente en las revoluciones liberales de otros países de América Latina, acumulando experiencia para el proceso revolucionario ecuatoriano. En este grupo, junto a Eloy Alfaro, estaban Medardo y Flavio Alfaro, así como Leónidas Plaza, entre otros.

El triunfo liberal

Varios escándalos y negociados durante el gobierno de Cordero hicieron que personas de las más diversas procedencias y tendencias organizasen juntas y asambleas en distintas ciudades del país para condenar al gobierno. La respuesta fue la represión ejercida tanto contra conservadores como liberales, lo cual llevó a la radicalización de los ánimos y a la reorganización de las montoneras dispuestas a hacer una lucha armada para derrocar al gobierno. Desde el 12 de febrero de 1895, la acción de las montoneras levantó a diversas ciudades de la Costa que postulaban a Eloy Alfaro como jefe supremo. En la Sierra se inició también una lucha armada pero conservadora que postulaba la jefatura de Camilo Ponce Ortiz. Liberales y conservadores, en una operación coordinada, fueron cerrando posibilidades al Gobierno.

La Revolución Liberal no tuvo problemas para triunfar en la Costa, donde los postulados liberales generaban un acuerdo, así como la figura de Alfaro, que en junio fue proclamado jefe supremo en Guayaquil. Pero, paralelamente, los conservadores -al inicio aliados de los liberales para derrocar a Cordero- iniciaron un enfrentamiento sin tregua contra el liberalismo. Cuando Cordero renunció, los conservadores apoyaron al vicepresidente y, con el soporte de la Iglesia, crearon un frente conservador católico en toda la Sierra para enfrentar al liberalismo triunfante en la Costa. La guerra civil se apoderó del país. El bando conservador inició una guerra santa contra un liberalismo que fue presentado como herético.

Una vez que Alfaro hubo intentado vías pacíficas de negociación sin respuesta conservadora puso en marcha una rápida campaña para levantar fondos, preparar combatientes, adquirir armas y caballos, y organizar la logística y el plan de operaciones.

Al mismo tiempo realizó tareas de gobierno y autorizó, por decreto, que las mujeres accedieran a la educación superior. Contó con el apoyo de numerosos propietarios y líderes montubios, caciques, que aportaron con recursos y trabajadores de las haciendas. A ellos se sumaron algunos líderes liberales serranos. El gran cacao -como se conoce a las familias latifundistas productoras y exportadoras de cacao de Guayaquil- y la oligarquía comercial y la bancaria otorgaron importantes préstamos a la campaña revolucionaria. Pero, sobre todo, se debe destacar la participación popular articulada por los liberales revolucionarios que supieron calar en el pueblo e inspirarlo con su acción. Fue, como dicen algunos autores, el despertar de las masas a la vida política.

Miles de jóvenes voluntarios de la Costa y la Sierra, así como de distintos espacios sociales, se sumaron a las filas alfaristas. El 16 de julio todo estaba listo para iniciar la toma de las ciudades de la Sierra y de la capital histórica del país, Quito. Mientras los ejércitos liberales iban avanzando por la Sierra, recibieron el apoyo de muchas de las poblaciones opuestas al poder conservador terrateniente y nuevos voluntarios engrosaron las huestes alfaristas. Finalmente, el liberalismo radical -integrado por una variedad de grupos socioeconómicos y étnicos, desde los jóvenes trabajadores radicales, obreros y macheteros, pasando por la burguesía liberal y los caciques costeños, hasta los revolucionarios del exilio, algunos sacerdotes y los intelectuales radicales- había logrado el control del país: los ejércitos revolucionarios entraban triunfales a Quito bajo el liderazgo de Eloy Alfaro.

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