Personajes del 10 de agosto de 1809



Simón Bolivar


(Caracas, Venezuela, 1783 - Santa Marta, Colombia, 1830). Nacido en una familia de origen vasco de la hidalguía criolla venezolana, Simón Bolívar se formó leyendo a los pensadores de la Ilustración (Locke, Rousseau, Voltaire, Montesquieu…) y viajando por Europa. En París tomó contacto con las ideas de la Revolución y conoció personalmente a Napoleón y Humboldt. Afiliado a la masonería e imbuido de las ideas liberales, ya en 1805 se juró en Roma que no descansaría hasta liberar a su país de la dominación española. Y, aunque carecía de formación militar, Simón Bolívar llegó a convertirse en el principal dirigente de la guerra por la independencia de las colonias hispanoamericanas; además, suministró al movimiento una base ideológica mediante sus propios escritos y discursos.

En 1810 se unió a la revolución independentista que estalló en Venezuela dirigida por Miranda (aprovechando que la metrópoli se hallaba ocupada por el ejército francés). El fracaso de aquella intentona obligó a Bolívar a huir del país en 1812; tomó entonces las riendas del movimiento, lanzando desde Cartagena de Indias un manifiesto que incitaba de nuevo a la rebelión, corrigiendo los errores cometidos en el pasado (1812).

En 1813 lanzó una segunda revolución, que entró triunfante en Caracas (de ese momento data la concesión por el Ayuntamiento del título de Libertador). Aún hubo una nueva reacción realista, bajo la dirección de Morillo y Bobes, que reconquistaron el país para la Corona española, expulsando a Bolívar a Jamaica (1814-15); pero éste realizó una tercera revolución entre 1816 y 1819, que le daría el control del país.

Bolívar soñaba con formar una gran confederación que uniera a todas las antiguas colonias españolas de América, inspirada en el modelo de Estados Unidos. Por ello, no satisfecho con la liberación de Venezuela, cruzó los Andes y venció a las tropas realistas españolas en la batalla de Boyacá (1819), que dio la independencia al Virreinato de Nueva Granada (la actual Colombia). Reunió entonces un Congreso en Angostura (1819), que elaboró una Constitución para la nueva República de Colombia, que englobaba lo que hoy son Colombia, Venezuela, Ecuador y Panamá; el mismo Simón Bolívar fue elegido presidente de esta «Gran Colombia». Luego liberó la Audiencia Quito (actual Ecuador) en unión de Sucre, tras imponerse en la batalla de Pichincha (1822).

En aquel mismo año Simón Bolívar se reunió en Guayaquil con el otro gran caudillo del movimiento independentista, San Martín, que había liberado Argentina y Chile, para ver la forma de cooperar en la liberación del Perú; ambos dirigentes chocaron en sus ambiciones y en sus apreciaciones políticas (pues San Martín se inclinaba por crear regímenes monárquicos encabezados por príncipes europeos), desistiendo San Martín de entablar una lucha por el poder y dejando el campo libre a Bolívar (poco después se marcharía a Europa).

Bolívar pudo entonces ponerse al frente de la insurrección del Perú, último bastión del continente en el que resistían los españoles, aprovechando las disensiones internas de los rebeldes del país (1823). En 1824 obtuvo la más decisiva de sus victorias en la batalla de Ayacucho, que determinó el fin de la presencia española en Perú y en toda Sudamérica. Los últimos focos realistas del Alto Perú fueron liquidados en 1825, creándose allí la República de Bolívar (actual Bolivia). Bolívar, presidente ya de Colombia (1819-30), lo fue también de Perú (1824-26) y de Bolivia (1825-26), implantando en estas dos últimas Repúblicas un modelo constitucional llamado «monocrático», con un presidente vitalicio y hereditario.

Sin embargo, los éxitos militares de Bolívar no fueron acompañados por logros políticos comparables. Su tendencia a ejercer el poder de forma dictatorial despertó muchas reticencias; y el proyecto de una gran Hispanoamérica unida chocó con los sentimientos particularistas de los antiguos virreinatos, audiencias y capitanías generales del imperio español, cuyas oligarquías locales acabaron buscando la independencia política por separado.


Eugenio Espejo


El 21 de febrero de 1747 nace en Quito el gran médico ecuatoriano Eugenio de Santa Cruz y Espejo, gloria del Ecuador y América, quien se superó desde su humilde cuna, para encumbrase mas tarde y brillar en el firmamento con la más preclara figura nacional e internacional, dentro de la medicina mundial por su inteligencia superdotada que intuyó más allá de lo que el hombre se propone alcanzar.

Y la figura primigenia del precursor de la medicina ecuatoriana, se agiganta por su gran capacidad científica, que llegó a opacar a los colegas de su época y por el gran sentido humano con el que ejerció su profesión, dedicada especialmente al servicio de los pobres, sin embargo de esto, Eugenio Espejo, tuvo que saborear como médico las consecuencias de la ingratitud e incomprensión. Eugenio Espejo fue llamado por el gran predicador Sancho de Escobar para que curara a un paciente suyo enfermo, pero el paciente falleció, con este motivo, volcó contra Espejo toda la iracundia del predicador; inmediatamente lo enjuicia, tomándose como venganza porque Espejo fustigó al mal fraile en el Nuevo Luciano.

Eugenio Espejo, incansable e imbatible en su lucha por la verdad, la justicia, el derecho la honradez, tuvo serios problemas -incluso con sus propios colegas- que destilaban veneno.

Espejo al escribir de ellos decía; "Malos médicos, mejor carecer completamente de ellos, que fiar a su irracional conducta la salud pública".

Con motivo de conmemorarse el Día del Médico Ecuatoriano, instituido como un justo homenaje a la fecha de nacimiento, 21 de Febrero del 1747 del eximio científico, connotado literato, patriota, precursor de la independencia americana, periodista, jurisconsulto, Francisco Javier Eugenio de Santa Cruz y Espejo, los médicos ecuatorianos recogen con unción, con verdadera devoción cívica el legado científico - profesional, la libertad que la alcanzó y por ella luchó con tenacidad; debe servir como lección permanente a través de toda nuestra historia republicana. Eugenio Espejo, Decano de la Medicina Nacional ha impregnado en el alma del médico ecuatoriano ese valor y refuerzo del juramento de Hipócrates, los sentimientos de la lucha contra el mal y la injusticia, contra la ignorancia y enfermedades, por un pueblo más sano y más culto: "La salud del Pueblo es la Suprema Ley".

Que esta ocasión sea propicia para meditar en la sublimidad de la participación en el porvenir de los pueblos y esas masas humanas. Hacemos votos porque el médico ecuatoriano mantenga el principio de lealtad al compromiso adquirido:

"Velar por la salud del pueblo", siguiendo ese ejemplo del pionero de la medicina, el eminente Maestro Eugenio de Santa Cruz y Espejo, como una permanente recordación a sus enseñanzas. Que su labor deje una estela de recuerdos y éxitos en su diario servicio a la colectividad, que su trabajo de sacrificio y vocación mantenga latente ese espíritu de justicia social, haciendo un acto de fe en las virtualidades de nuestra raza y pueblo, como homenaje a quien se sustrajo
hacer el bien a sus hermanos, el precursor de la medicina ecuatoriana, Dr. Francisco Javier Eugenio de Santa Cruz y Espejo y Aldaz.

Antonio José de Sucre


Antonio José de Sucre nació en Cumaná (Venezuela) el 3 de febrero de 1795. Sus padres fueron los aristócratas Vicente de Sucre y García y doña María Manuela de Alcalá. Siguió estudios de matemática para continuar en la carrera de ingeniería, pero al estallar la Guerra de Independencia en 1810 se incorporó a las tropas del general Francisco de Miranda. Desde 1813 combatió junto a Mariño, Píar, Bermúdez y Bolívar.

Junto a Simón Bolívar luchó en las batallas de Boyacá (Bogotá, 1819) y Carabobo (Caracas, 1821). Asimismo dirigió el ejército patriota que triunfo en la batalla de Pichincha (Quito, 1822). Estas victorias completaron la independencia de Gran Colombia.

En 1823, llegó al Perú por encargo del Libertador Simón Bolívar. Asistió a la victoria de Junín (6-8-1824) y dirigió el Ejército Unido Libertador en la gran batalla de Ayacucho (9-12-1824) que aseguró la independencia sudamericana. En 1825, promovió el nacimiento de la República de Bolivia, la cual gobernó hasta 1828.

Al regresar a la Gran Colombia volvió a secundar a Bolívar y recibió el encargo de dirigir la campaña contra el Perú. Ganó la batalla de Tarquí y consiguió que el ejército peruano se retire de suelo grancolombino en 1829.

Cuando recién tenía 35 años de edad los enemigos de Simón Bolívar lo asesinaron a balazos en las montañas de Berruecos, en el sur de la actual Colombia. Ocurrió el 4 de junio de 1830. Al enterarse de la tragedia, Bolívar pronunció: "Lo han matado porque era mi sucesor".



(José Joaquín Olmedo y Maruri; Guayaquil, Ecuador, 1780 - 1847) Político y poeta ecuatoriano. Hijo de padre español y madre guayaquileña, realizó sus estudios en el colegio se San Fernando de Quito y en la universidad de San Marcos de Lima, donde coronó su carrera de abogado; entre sus compañeros siempre sobresalió como versificador.

Tras regresar a su ciudad natal, fue enviado a las Cortes de Cádiz, donde pronunció su famoso discurso "Sobre la supresión de las Mitas", por medio del cual logró que se aboliera esa institución. En dichas Cortes ejerció de secretario hasta que fueron disueltas por Fernando VII. Ante la persecución desatada contra los diputados, Olmedo se vio obligado a esconderse en Madrid.

Toda su vida se debatió entre los cargos públicos y el deseo de dedicarse a las letras. Así, en el momento en que Guayaquil declara su independencia, Olmedo fue nombrado miembro de la Junta de Gobierno, redactó una constitución para Guayaquil, reorganizó el ejército y colaboró con Sucre en el triunfo de Pichincha. Sin embargo, después de esta batalla, cuando Bolívar llegó a Guayaquil y anexionó esta ciudad a Colombia, Olmedo protestó y se fue con otros guayaquileños a Perú, donde fue electo diputado por el Departamento del Puno y ayudó a redactar la primera constitución de aquel país.

En 1823, viendo en peligro la libertad del Perú, pidió ayuda a Simón Bolívar; tras el triunfo de éste en la batalla de Junín, Olmedo escribió en su honor el famoso Canto a Bolívar. Más tarde (1825), se desempeñó por mandato de Bolívar como diplomático en Londres y en París. De nuevo en su país, participó como representante por Guayaquil en la Constituyente de Ambato. En 1830 ocupó la vicepresidencia de la república y la prefectura de Guayaquil.

Aunque apoyó a Flores en el proceso de separación del Ecuador de la Gran Colombia, cuando aquel gobernante quiso abusar del poder se opuso a él y participó en la revolución antifloreana del 6 de marzo de 1845, tras lo cual fue nombrado presidente del triunvirato al lado de Vicente Ramón Roca y Diego Noboa. Cuando murió, en todas las ciudades del país se celebraron funerales en su honor.

En su obra poética predomina un neoclasicismo al estilo de Meléndez Valdés, perceptible en obras como su delicado soneto A la muerte de mi hermana, su oda Al árbol, su Elegía en la muerte de la Princesa de Asturias, su Alfabeto para un niño y su Canción indiana, composiciones descollantes entre un conjunto que se acerca al centenar. Pero la patria y la política le empujan a escribir dos grandes cantos en los que se advierte más la influencia de Quintana y hay indudables anticipos de romanticismo: La victoria de Junín o Canto a Bolívar (1825) y Oda al general Flores, vencedor de Miñarica (1843). Considerado el gran clásico de la epopeya hispanoamericana, Menéndez Pelayo sitúa a veces a Olmedo por encima de Bello y de Heredia.

También se dedicó al periodismo, y se mostró en todos sus escritos como un hombre de amplia formación clásica con cierto sabor romántico. Trabajó junto a los grandes hombres de la independencia: Simón Bolívar, José de San Martín, Vicente Rocafuerte y el general Flores, pero lo hizo con libertad, y con criterios de propia responsabilidad, primero hacia su ciudad, Guayaquil, cuya independencia propugnaba tanto frente a Ecuador como frente a Perú; luego frente a la autonomía del Ecuador y, finalmente, por la dignidad de los indígenas.

Juan de Dios Morales


Patriota y mártir «quiteño» nacido en Río Negro, Antioquia, Nueva Granada (Colombia), el 13 de abril de 1767; hijo del Sargento Mayor Juan de Dios Morales y de la Sra. Juana Leonín de Estrada.
Llegó muy joven como escribiente del Presidente de la Real Audiencia de Quito, don Juan Antonio Mon y Velarde, quien en 1790 lo nombró Oficial Mayor de la Secretaría de la Superintendencia. Al año siguiente, mientras desempeñaba el cargo de Contador de Rentas Decimales del Obispado se incorporó con éxito a la Academia de Abogados.
«Desempeñó varios cargos de importancia. Y al graduarse de abogado tuvo cargos de calidad humanitaria, tales como defensor de pobres o defensor de reos indefensos, por medio de los cuales se conectó con las clases más desvalidas de la sociedad quiteña. Catedrático de Derecho en la Universidad de Quito y miembro de la Comuna, se asoció a ella para el servicio público, dejando huellas notables de su carácter constructor en obras viales y urbanas. Desempeñó el cargo de secretario de la Real Hacienda con honestidad y competencia, bajo la presidencia del Barón de Carondelet» (G. Cevallos García.- Historia del Ecuador, p. 226).
Un 1806 fue confinado a Guayaquil por disposición del capitán Diego Antonio Nieto, encargado de la Presidencia de Quito ante la muerte del Barón de Carondelet; allí, don Vicente Rocafuerte le dio asilo en su hacienda Naranjito.
Posteriormente, resentido con las autoridades españolas, que lo habían despojado de sus cargos, empezó a planificar su destitución y la manera de llevar adelante sus planes.
“Airado y rencoroso por el desaire (suspensión de su cargo), se le había visto andando de aquí para allí (…) alentando a unos, despreocupando a otros, concitando a todos, bien a la voz o por medio de cartas, para dar en tierra con el gobierno que le ultrajara…” (Pedro Fermín Cevallos.- Resumen de la Historia del Ecuador, Tomo III, p.28).
La oportunidad se le presentó en 1808 cuando las huestes napoleónicas invadieron España; con ese pretexto y luego de volver a Quito, empezó a reunirse con importantes personalidades quiteñas a quienes involucró en el propósito de defender los derechos del destituido monarca don Fernando VII y proclamar su retorno al trono español.
Fue uno de los miembros más importantes de la Revolución del 10 de Agosto de 1809, y en la noche previa asistió a casa de doña Manuela Cañizares y firmó, como Secretario de lo Interior, la nota en la que se comunicó al Presidente de la Audiencia de Quito -Conde Ruiz de Castilla-, que había cesado en sus funciones y la conformación del nuevo gobierno.
«Morales era estudioso, ilustrado, diligente, emprendedor, de modales atractivos, así como de espíritu esforzado, de robustez intelectual. Era el eje de la máquina revolucionaria; pero aunque él la sostuvo, destrozóse» (Roberto Andrade.- Historia del Ecuador, tomo I, p. 179).
Dos meses y medio más tarde, cuando la Junta quiteña capituló ante el mismo Ruiz de Castilla que ella había destituido, fue apresado y encerrado en los calabozos del Cuartel Real de Lima junto a otros confabulados, donde el 2 de agosto de 1810 fue una de las víctimas del terrible y sangriento Asesinato de los Patriotas Quiteños

Juan Larrea


Patriota y prócer de la independencia nacido en la ciudad de Riobamba en el año 1759, hijo del Gral. José Manuel de Larrea, de los Ejércitos Realistas, y de la Sra. Rosa Villavicencio y Guerrero.
Huérfano de padre desde los 9 años de edad, fue enviado a España donde realizó casi todos sus estudios, que culminó como Abanderado y luego como Oficial del Regimiento de Infantería de Extremadura, en el destacamento que estaba de guarnición en La Plata.
Posteriormente regresó a Quito y en 1790 fue miembro de la célebre Escuela de la Concordia. Más tarde viajó a Perú donde permaneció varios años desempeñando el cargo de Contador Oficial Real de las Cajas del Cuzco.
Cinco años después volvió a Quito donde figuró como literato, poeta, naturalista y economista. En 1808 el Presidente de la Real Audiencia de Quito lo nombró para el cargo de Corregidor de Ambato, y el 25 de diciembre de ese mismo año asistió a la reunión que el Marqués de Selva Alegre, don Juan Pío Montúfar, organizó en su casa de Chillo con el pretexto de celebrar la Navidad, pero con el propósito de organizar la primera Junta Soberana de Gobierno.
Al año siguiente tuvo importante participación en todos los movimientos que culminaron con la Revolución del 10 de Agosto de 1809; integró como Secretario Ministro la nueva Junta de Gobierno que se formó y se encargó del cuidado de la Hacienda Pública.
Al ser desbaratada dicha junta fue capturado y encerrado en los calabozos del Cuartel Real de Lima, pero pudo fugar y se salvó de ser una de las víctimas del Asesinato de los Patriotas Quiteños perpetrado el 2 de agosto de 1810.
Fue uno de los pocos patriotas del 10 de agosto que alcanzó a ver la Patria libre, y a los 65 años de edad murió en la ciudad de Quito, en el año 1824.

Manuel Quiroga


Patriota «quiteño» nacido -según declaración propia- en la ciudad de La Plata, es decir Chuquisaca, hoy Sucre, capital de Bolivia.
Muy niño vino a Quito con su padre, que era Fiscal de la Real Audiencia, y pariente y corresponsal de gente muy ilustre de España. Desde su época de estudiante se granjeó la simpatía y el respeto de los ciudadanos, entre los que se destacó sobre todo por su acentuado patriotismo.
«Como no nació marqués ni conde, adoptó la profesión de abogado, única que daba nombradía entonces, fuera de la eclesiástica. Había escrito un libro, cuando todavía era joven, según lo refiere Fuertes Amar, obra que fue prohibida por la iglesia, circunstancia que da una idea de su mérito» (Roberto Andrade.- Historia del Ecuador, tomo I, p. 180).
«Quiroga era de inquietas aspiraciones, audaz y ardiente en sus empeños, pero obstinado; incapaz de tolerar control de cualquier forma, pero abierto a la convicción cuando la persuasión era el medio. Tenía gran éxito como abogado en estrados, locuaz y elocuente, pero aun ahí su arrojado temperamento le puso dificultades; era frecuentemente reprendido en los tribunales y a la larga fue, no sólo multado, sino suspendido en el ejercicio de su profesión de abogado» (W. B. Stevenson.- Veinte años de Residencia en América).
Esta situación despertó en él un gran resentimiento hacia las autoridades españolas, por lo que al poco tiempo empezó también a conspirar.
Asistió a la reunión del 25 de diciembre de 1808 en la casa del Marqués de Selva Alegre, don Juan Pío Montúfar, en Chillo, donde empezó a germinar la idea de un cambio de autoridades; pero por una indiscreción cometida por el Crnel. Juan Salinas los conspiradores fueron descubiertos, y el 9 de marzo de 1809 fue aprehendido y encerrado en el Convento de la Merced. Poco tiempo después fue puesto en libertad por falta de pruebas en contra de los complotados.
Convertido en uno de los pilares más importantes del movimiento revolucionario quiteño, asistió a todas las reuniones que se celebraron en casa de doña Manuela Cañizares -con quien estaba sentimentalmente relacionado-, y su participación fue muy importante para llevar a feliz término la Revolución del 10 de Agosto de 1809.
Al instaurarse la Junta Soberana de Gobierno fue nombrado Ministro de Gracia y Justicia, y como tal le correspondió dictar la proclama dirigida a todos los pueblos de americanos pidiéndoles su solidaridad: “Pueblos de América: La sacrosanta ley de Jesucristo y el Imperio de Fernando VII perseguido y desterrado de la Península han sentado su augusta mansión en Quito... Pueblos del continente americano, favoreced nuestros santos designios, reunid vuestros esfuerzos al espíritu que nos inspira y nos inflama. Seamos unos, seamos felices y dichosos, y conspiremos unánimemente al individuo objeto de morir por Dios, por el Rey y por la Patria” (Son estos los ideales de quien busca la independencia?, definitivamente no).
Esta Junta de Gobierno tuvo muy corta duración, pues a los pocos meses y debido a conflictos internos y diferencias ideológicas, fue disuelta previo un acuerdo celebrado entre los conjurados y el Conde Ruiz de Castilla, quien el 4 de diciembre de ese mismo año y nuevamente como Presidente de la Real Audiencia de Quito, haciendo tabla rasa del compromiso de no perseguir a los patriotas, ordenó la captura de todos quienes habían participado en la asonada del 10 de agosto.
Al instaurarse el proceso en su contra, Quiroga declaró que “estuvo el 9 de agosto en casa de doña Manuela para conversar con don Ramón Egas, quien por motivos familiares visitaba esa casa... que desconocía quienes habían convocado a la gente allí reunida... y que había jurado vasallaje a Fernando VII y a su Real Familia...”
Estos argumentos no fueron del todo convincentes por lo que junto a los otros complotados fue encerrado en los calabozos del Cuartel Real de Lima.
Meses más tarde, el pueblo quiteño -que cada día sentía sobre sus cabezas la terrible amenaza de los ejércitos realistas- decidió, en un alarde de verdadero valor y coraje, asaltar el cuartel para liberar a los detenidos.
Ese oscuro 2 de agosto de 1810, sus pequeñas hijas fueron a visitarlo en la prisión justo en los momentos en que el pueblo iniciaba el ataque al cuartel. Al darse cuenta de lo que sucedía, las tropas realistas del Crnel. Arredondo, bajo las órdenes del Crnel. Pedro Galup, entraron en los calabozos e iniciaron el Asesinato de los Patriotas Quiteños.
«Manuel Rodríguez de Quiroga, acariciaba a sus dos hijas que le visitaban, mientras una negra esclava, grávida de un hijo, le abrazaba las rodillas. Un oficial llamado Jaramillo le dice a Quiroga: -Grita Viva los Limeños! Y como el patriota sólo le mira a los ojos, Jaramillo, arrancando de sus brazos a las pequeñas, lo destroza con su espada. Las bayonetas de cuatro soldados terminaron la obra del jefecillo asesino; una de ellas quedó clavada en el vientre preñado de la negra» (A. Pareja Diezcanseco.- Ecuador: Historia de la República, tomo I, p. 34).

Manuela Cañizares


Patriota y heroína quiteña nacida en el año 1769.
Desde muy joven se identificó con la lucha que los criollos mantenían en contra de las autoridades que gobernaban la Audiencia de Quito, reacias a respetar los derechos ciudadanos de sus habitantes.
Fue por eso que prestó su casa para varias reuniones clandestinas en las que los quiteños planearon los primeros movimientos en contra de las autoridades españolas, y sobre todo contra el presidente Manuel Huríes, Conde Ruiz de Castilla, que a nombre de los franceses, que habían invadido la península ibérica, gobernaban la Real Audiencia de Quito.
Algunos historiadores sostienen que Manuelita era una mujer de vida disipada, amante del Dr. Quiroga, que mantenía una casa de diversión para los quiteños. “...así se reunieron el capitán Salinas, Morales, Quiroga, Ante y todos lo hicieron en el sitio que menos podía pensarse que se fraguaba una rebelión; y era en una casa de lenocinio. La de “La Ñata” Manuela Cañizares...” (1) “En la noche en que se decide lanzar “el primer grito”, los próceres reunidos en casa de una mujercilla, entre los cuales estuvieron tres clérigos: Riofrío, Correa y Castelo…” (2). En todo caso, ni los detalles de su vida privada, ni ninguna de estas “opiniones”, desmerecen en absoluto la extraordinaria participación de Manuela Cañizares en el movimiento patriótico de Quito.
Fue así que en la noche del 9 de agosto de 1809, en circunstancias en que los patriotas quiteños reunidos en su casa tuvieron un momento de debilidad que pudo hacer fracasar el movimiento revolucionario, con inusitado valor se convirtió en la heroína espiritual del golpe, parándose con determinación frente a ellos para arengarlos con esas palabras que la convirtieron en protagonista de la historia:
«Cobardes...! Hombres nacidos para la servidumbre... de qué tenéis miedo...? !No hay tiempo que perder...!
Fue entonces que gracias a su valor, determinación y coraje, se pudo llevar a feliz término la Revolución del 10 de Agosto de 1809.
«Manuela Cañizares se distinguió como una mujer de indiscutible valía dentro del contexto de las figuras importantísimas del Ecuador, como ejemplo de patriotismo, de amor al pueblo, de luchadora infatigable por sus reivindicaciones y legítimos derechos... fue poseedora de un gran valor, talento original, cultura elevada para aquella época, en que las mujeres eran ajenas a las inquietudes culturales...» (H. Oña V.- Fechas Históricas y Hombres Notables del Ecuador, p. 292).
Luego del Asesinato de los Patriotas Quiteños perpetrado el 2 de agosto de 1810, Manuelita fue tenazmente perseguida por las autoridades realistas, por lo que tuvo que huir y permanecer escondida para poder salvar su vida.
Discutida, combatida, admirada, pobre, perseguida, desterrada; con la gloria de haber escrito una página heroica de la historia, pero sin poder ver el nacimiento de la patria libre, doña Manuela Cañizares y Alvarez murió en el año 1814.
El pueblo de esa época, reconociendo su valor y coraje, ensalzó su figura repitiendo una copla que dice así:
«Nueva Judith, mujer fuerte,
que aunque acero no manejas,
de dar mandobles no dejas
por dar al contrario muerte.
La patria quiere su suerte
a las espadas fiar
pero también esperar
de una mujer mucho puede
para que Holofernes quede
tendido y sin respirar».

(1) Dr. Roberto Leví Castillo (Rolecas).- El Telégrafo, Ag. 10/84.
(2) Julio Tobar Donoso.- La Iglesia, Modeladora de la Nacionalidad, p. 265

Juan Pio Montufar


Ciudadano quiteño nacido el 29 de mayo de 1758, hijo de don Juan Pío Montúfar y Frasso, primer Marqués de Selva Alegre, y de la Sra. Rosa María Larrea y Santa Coloma.
Por pertenecer a una de las más notables familias quiteñas, y ser hijo del Presidente de la Real Audiencia de Quito, sus primeras enseñanzas las recibió en su propia casa, de acuerdo con viejas y tradicionales costumbres de la gente noble de aquellos tiempos. Posteriormente ingresó al Seminario de San Luis donde continuó estudios superiores de latín y filosofía, pero no llegó a graduarse de Doctor porque prefirió retirarse de dicho centro de estudios para dedicarse a la lectura en la rica biblioteca de su casa, en el valle de los Chillos.
Adquirió entonces una gran cultura general que le permitió, en 1777, y cuando apenas había cumplido los diecinueve años de edad, ser nombrado Regidor del Cabildo de Quito.
Años después su personalidad había alcanzado destacada notoriedad y fue uno de los primeros en expresar su rechazo a la invasión napoleónica a España, por lo que el 25 de diciembre de 1808, con motivo de celebrarse la fiesta de Navidad, invitó a su casa de los Chillos a un grupo selecto de nobles quiteños que como él también se negaban a aceptar la presencia de Francia en el trono de España, y en respaldo al depuesto rey Fernando VII plantearon por primera vez la creación de una Junta Soberana.
Desgraciadamente, por efecto de un descuido cometido por el capitán Juan Salinas, los conjurados fueron descubiertos por las autoridades realistas y entre el 1 y el 11 de marzo de 1809 fueron encerrados -en consideración a su condición de nobles- en el Convento de la Merced. Esta peligrosa situación fue superada gracias a la intervención inteligente de los complotados que no fueron capturados, quienes lograron robar el expediente que contenía la información en su contra, por lo que a falta de éste y de pruebas contundentes, tuvieron que ser puestos en libertad.
«D. Juan Pío Montúfar, Marqués de Selva Alegre, no era para revoluciones, menos para una tan arriesgada como aquella. Comprometióse por apetito de poder, y no pudo mantenerse en él con alteza, ni siquiera infundiendo respeto, como lo hacía como simple súbdito del rey, por sus liberalidades con los artistas y científicos. Era tímido, egoísta, omiso, indolente y vanidoso; y cuando en la revolución llegó el conflicto, no tuvo embarazo para convertirse en traidor...» (Roberto Andrade.- Historia del Ecuador, tomo I, p. 179).
Fue por eso que no participó personalmente en la Revolución del 10 de Agosto de 1809, pero a pesar de esto, consumada la transformación fue nombrado Presidente de la nueva Junta Soberana de Gobierno.
Como particularmente él -al igual que muchos de los implicados- no estaba convencido ni de acuerdo con los gestores de la asonada del 10 de agosto, “desde el 22 de agosto de 1809, o sea, a los doce días del pronunciamiento revolucionario, ya estaba conspirando por la reposición en la Presidencia del Conde Ruiz de Castilla; es decir, que estaba creando el caos y el torbellino en el que luego se vio envuelta la revolución y que la llevó al fracaso...”
Poco tiempo después, al conocer que el Virrey de Lima José Fernando de Abascal y Sousa había despachado un fuerte contingente militar para aplacar la revolución, le envió a este -el 9 de septiembre- un oficio en el que justificaba su participación en la Junta Suprema, explicando además su deseo de reponer en la Presidencia de Quito al Conde Ruiz de Castilla. “Con este objeto, propio de las obligaciones de un fiel vasallo y ciudadano, he procurado hacer uso de esa confianza que la miro únicamente como interina y provisional, esperando lograr la ocasión favorable de reponer las cosas a su debido estado, mediante las providencias que voy tomando de acuerdo con los sujetos más juiciosos y mejor intencionados, dejando que calme la efervescencia de los espíritus para poder obrar con toda energía y seguridad, sin peligro de que se frustren las medidas de prudencia y rectitud, y conseguir en todo el acierto... “ Posteriormente y en relación a la situación de Ruiz de Castilla dice: “...estoy resuelto con toda sinceridad y comprometido reservadamente con su Excelencia bajo palabra de honor de hacer todos los esfuerzos más vigorosos para que se le haga justicia a su mérito, reponerlo a su puesto y reconocerlo públicamente como a jefe legítimo, cediéndole gustoso el lugar superior que se me dio contra toda mi resistencia” (Manuel María Borrero.- Quito: Luz de América, p. 57-59).
El 12 de octubre -dos meses después de haber asumido el cargo- procedió a entregar la presidencia a don Juan José Guerrero, Conde de Selva Florida, quien el 25 del mismo mes y año capituló ante el poder español, y previo a un acuerdo de amnistía en favor de los implicados en el movimiento revolucionario, entregó nuevamente el gobierno de la Audiencia al viejo Conde Ruiz de Castilla.
Poco tiempo después, junto a Antonio Ante y otros revolucionarios tuvo que esconderse y huir para poder escapar de la feroz persecución que Ruiz de Castilla, faltando a su palabra, desató contra los patriotas quiteños.
Pudo así librarse de ser una víctima más del sangriento Asesinato de los Patriotas Quiteños, perpetrado en los calabozos del Cuartel Real de Lima el 2 de agosto de 1810. Ese mismo año, gracias a la brillante e inteligente actuación de su hijo el Crnel. Carlos Montúfar, que había llegado a Quito con el cargo de Comisionado Regio, se formó una nueva Junta Suprema de la cual fue nombrado Vicepresidente, pero ésta, al igual que la primera, también tuvo una duración muy efímera.
Tres años más tarde, por orden del Gral. Toribio Montes fue tomado prisionero y enviado a Loja, encadenado y con grillos. El ensañamiento de las autoridades españolas fue entonces más allá de la prisión, y sus bienes, haciendas y propiedades le fueron confiscados; no contento con eso, a principios de 1818 el nuevo Presidente de la Audiencia, Gral. Juan Ramírez de Orozco, ordenó su destierro a Cádiz, España, y en esas tierras lejanas, envuelto en una honorable pobreza que supo llevar con gran dignidad, don Juan Pío Montúfar, II Marqués de Selva Alegre, murió el 15 de octubre de ese mismo año 1818.
Sus restos mortales fueron depositados más tarde en la catedral de esa ciudad española.

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