Descubrimiento de América 12 de octubre 1492

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12 de octubre 1492 Descubrimiento de América cristobal colon



12 de octubre 1492 Descubrimiento de América
Cristóbal Colón

Los Reyes Católicos

Los Cuatro Viajes de Cristóbal Colón

Las Tres carabelas de Cristóbal Colón

El arribo de Colón

Los hermanos Pinzón

Travesías pioneras

Para valorar el episodio de Colón debemos recordar las travesías de los fenicios, romanos, cartagineses y vikingos, que por situaciones económicas, militares y políticas antes de Colón emprendieron más de un viaje. De igual manera, debemos tener presente que con la invención de la brújula, el papel y la imprenta, los deseos de conquistar nuevos territorios y acumular riquezas por parte de los viajeros italianos, portugueses y españoles se incrementaron notablemente y sirvieron de precedente a la empresa colombina.

Los recorridos de Colón, desde su juventud, como marinero y comerciante por las rutas del Mediterráneo y sectores cercanos del Atlántico, lo ayudaron a tener contactos con experimentados navegantes que con seguridad le hablaron de la existencia de tierras al otro lado del océano. También fortaleció su afán expedicionario al conocer sobre los viajes de Marco Polo y las teorías de Pierre d’ Ailli y Paolo Toscanelli.

Permanente búsqueda

Colón habló de llegar al Cipango (Japón) y a Catay (China) para abrir una ruta entre Europa y Asia, esta última llamada las Indias. Esto lo reafirmó pese a que ignoraba la existencia de un nuevo continente entre Europa y Asia, al navegar al oeste. Entre negativas y esperas como las del rey Juan II de Portugal, que conoció el proyecto en 1484, consiguió que en 1486 los frailes Juan Pérez y Antonio de Marchena, del convento de La Rábida, le alcanzaran una entrevista con Isabel y Fernando, monarcas católicos que primero descartaron la propuesta por los informes desfavorables de los consejeros y técnicos de la corte.

Las Capitulaciones

Tras infatigable persistencia, Colón aseguró la ayuda de los reyes españoles por medio de la firma de las Capitulaciones de Santa Fe, el 17 de abril de 1492, lograda por el triunfo de España sobre Granada luego de una guerra de algunos años. De acuerdo con las Capitulaciones, el genovés sería nombrado gobernador y virrey de los territorios que descubriese, con el grado de almirante. Otros premios, si triunfaba en su viaje, serían la concesión del monopolio del comercio indiano, con el 10% de los tesoros que encontrase.

Partida desde Palos

Finalizados los preparativos con los recursos de los reyes, Colón, los hermanos Pinzón y otros empresarios, la expidición salió el viernes 3 de agosto de 1492 desde el Puerto de Palos de Moguer, en la desembocadura del río Tinto, en la provincia de Huelva, en España. Una tripulación de casi cien hombres de origen vasco y andaluz en su mayoría, fue repartida en la nao al mando de Colón y las carabelas La Pinta, capitaneada por Martín Alonso Pinzón, y La Niña, que comandaba Vicente Yáñez Pinzón.

Después de una brevísima escala en la isla de Gomera (archipiélago de las Canarias), las naves se lanzaron a la travesía del Atlántico el 6 de septiembre de 1492. Durante las primeras semanas, hombres y naves no experimentaron problemas, pero después tanto la incertidumbre como el temor causaron los primeros estragos entre la marinería que, en actitud hostil, exigía volver a España.

Tierra a la vista!

Cuando la situación se tornó peligrosa para los líderes de la expedición, el reconfortante grito de ¡Tierra! ¡Tierra!, del vigía de La Pinta, Rodrigo de Triana o Juan Rodríguez Bermejo, alegró a los navegantes, quienes hasta en esos instantes calificaron la empresa como descabellada e inútil. Apenas amaneció, desembarcaron en la isla Guanahaní, en lengua de los naturales, pero bautizada como San Salvador. Actualmente es la pequeña isla de Watling, en el archipiélago de las Bahamas.

En los siguientes días, los viajeros exploraron el lugar de su llegada y las islas cercanas, que forman actualmente el archipiélago de las Antillas. Deseosos de hallar las sedas, especias y los perfumes prometidos, siguieron en sus visitas, pero aquello resultó infructuoso porque solo hallaron curiosos nativos, animales y plantas que resultaron raros a sus ojos y alguna pequeña muestra del oro que buscaban.

Sin desanimarse, los viajeros exploraron los alrededor de San Salvador y vieron zozobrar la nao Santa María en la Nochebuena del mismo año 1492. En la isla La Española se construyó el fuerte Navidad con los restos de la Santa María, cuyos tripulantes se quedaron allí porque no hubo cómo acogerlos en La Niña y porque La Pinta se alejó del grupo durante sus faenas de reconocimiento. En enero de 1493 el almirante retornó a España, que lo recibió con alborozo y natural curiosidad.

En su primera llegada, Colón tocó Cuba (Juana) y Santo Domingo o Haití (La Española). Y prácticamente se estableció una ruta bastante definitiva entre Europa y América (la ruta española de Indias); el almirante recibió los reconocimientos que le prometieron y que estaban contemplados en las Capitulaciones de Santa Fe, suscritas un año antes.

Otros viajes.

El almirante convenció a los reyes españoles para que patrocinaran nuevos viajes, que en efecto se realizaron en 1493, 1498 y 1502. Durante la segunda expedición Colón reconoció las Antillas Menores, Jamaica y Puerto Rico. En el tercer viaje ‘descubrió’ la costa continental, en la desembocadura del Orinoco (Venezuela); en el cuarto viaje exploró la costa de América Central.
Pero algunos acompañantes de Colón lo indispusieron ante el rey Fernando. La novedad surgió luego del tercer viaje, cuando se supo de la situación de La Española. El monarca ordenó la venida a América de Francisco de Bobadilla para que apresara a Colón y lo llevara de regreso a España. Gracias a la reina Isabel se rehabilitó a Colón y se lo apoyó para realizar en 1502 un cuarto viaje.
Corría el año 1504 cuando Colón, enfermo y nostálgico, emprendió su retorno a Europa, pues supo de la muerte de su protectora y amiga Isabel la Católica. En 1506, el almirante murió en Valladolid, sin saber con certeza que en 1492, por su empuje, visión y audacia marinera, llegó a otro continente, cuyo nombre debió ser el suyo, como lo han sostenido los historiadores del pasado y contemporáneos.


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9 de Octubre de 1820

GALERÍA DE HOMBRES DE OCTUBRE

El triunfo de la revolución de 1820 que logró la independencia de Guayaquil y repercutió para la total emancipación de la Presidencia de Quito, aglutinó a valerosos soldados de otras regiones de América, hacendados, comerciantes, miembros de la élite local a quienes se sumó un pueblo amante de la libertad que siempre ha sido protagonista de decisivas páginas de nuestra historia. Como ejemplo de ello aquí constan cinco luminosas figuras que gestaron el episodio de hace 188 años


José Joaquín de Olmedo
Jose Joaquin de Olmedo


Alma y nervio de la gesta, nació en Guayaquil, el 19 de marzo de 1780, y murió en su tierra natal el 19 de febrero de 1847. Estudió en Quito y en Lima; se graduó de doctor en jurisprudencia en la Universidad de San Marcos. De vuelta a su tierra natal, se incorporó a una activa labor política e intelectual. En unión del doctor Vicente Rocafuerte, representó a la Audiencia de Quito en las Cortes de Cádiz (España).

Trabajó por el triunfo revolucionario, aunque declinó con razonadas excusas la jefatura del movimiento cuando los dirigentes se la ofrecieron. Firmó el Acta de la Independencia y tras el éxito de los planes nacionalistas fue nombrado jefe político e impulsó ideas transformadoras en diferentes campos. Alentó a la División Protectora de Quito y las labores del Primer Congreso Constituyente de noviembre de 1820. Participó en futuras jornadas patrióticas.

José de Villamil
Jose de Villamil

Nació en junio de 1788, en Nueva Orleans, Estados Unidos, y muy joven mostró simpatía por la causa independentista de los pueblos hispanoamericanos. Por esa labor sufrió persecuciones y estuvo a punto de ser fusilado. En 1815, en Puerto Príncipe, conoció a Simón Bolívar, quien lo motivó a seguir su loable acción. Radicado en Guayaquil, se casó con Ana Garaycoa y en 1820 colaboró decididamente con los revolucionarios.

En su hogar, donde estuvo la legendaria Fragua de Vulcano, se realizaron muchas reuniones de los patriotas. Firmó el Acta de la Independencia y fue comisionado para viajar en la goleta Alcance, el 11 de octubre, para darle la buena nueva del triunfo a San Martín. También peleó en Cone y Huachi. Estuvo presente en otros hechos. Murió en Guayaquil, en 1866.

José de Antepara
Jose de Antepara


Relevante figura de la gesta octubrina. Animó a sus paisanos y simpatizantes para que no desmayen en la causa revolucionaria. Nació en Guayaquil, en marzo de 1770, y murió en los campos de Huachi, en 1821. Cuando estuvo en Europa entró en contacto con Francisco de Miranda, Simón Bolívar, José de San Martín, Bernardo O’ Higgins, entre otros.

Desplegó una ejemplar y orientadora labor periodística. Impulsó todos los planes por la liberación de la ciudad; protagonizó el episodio de la Fragua de Vulcano en casa de José de Villamil y acompañó a Luis Urdaneta en la toma del cuartel Daule. Fue miembro y secretario del Colegio Electoral, reunido en noviembre de 1820.

León de Febres-Cordero



Junto con sus paisanos y colegas de armas Miguel de Letamendi y Luis Urdaneta, llegó a nuestra ciudad en los precisos días en que los patriotas gestaban la revolución por la independencia de Guayaquil. Tomó parte en todos los planes y decisiones, lideró el asaltó a los cuarteles y consiguió afianzar la entrega a la causa de todos los involucrados.

Nació y murió en tierra venezolana (1796-1872). Actuó en la campaña libertadora del territorio quiteño y del Perú; estuvo al frente de la División Protectora de Quito en la Batalla de Camino Real (9 de noviembre de 1820). Bajo las órdenes de Simón Bolívar cumplió otras labores diplomáticas y castrenses.

Lorenzo de Garaycoa

Lorenzo de Garaycoa

Nació en Quito, en 1794, y murió en Yaguachi en 1880. En 1816 peleó junto con los coroneles Jacinto Bejarano y José Carbo Unzueta para la rendición del almirante Brown. Impulsó los planes emancipadores y en la noche del 8 al 9 de cotubre estuvo con Urdaneta y Paula Lavayen a la toma del cuartel Daule y de la batería de Las Cruces.

Acompañó a su cuñado José de Villamil en el viaje de la goleta Alcance para comunicar a José de San Martín el triunfo de la revolución guayaquileña. Tuvo el grado de coronel de los ejércitos de la república. Fue regidor en 1822.

Fragua de Vulcano

Fragua de Vulcano

FÉRREA UNIDAD
Los primeros pasos del golpe final de la revolución octubrina no tuvieron obstáculos. Por una ardid inteligente del capitán Damián Nájera, el comandante del Cuerpo de Artillería, Manuel Torres Valdivia, cayó prisionero y facilitó que el parque fuera tomado por los revolucionarios. Cerca de las 01:30 del lunes 9, el capitán León de Febres-Cordero, con apoyo de los hombres del Granaderos, llegó al cuartel del Cuerpo de Artillería en pos de mayor respaldo y lo consiguió, gracias a su arenga convincente en torno a los principios inspiradores de la faena.

Según lo planificado, el capitán Luis Urdaneta con varios jóvenes y algunos miembros de tropa del Granaderos llegó al Escuadrón Daule, que por la anticipada tarea de los sargentos José Vargas e Isidro Pavón ratificó su adhesión al movimiento. Entre esos felices desenlaces y aunque existió el buen deseo de evitar inútil derramamiento de sangre, el oficial Joaquín Magallar perdió la vida frente a sus subalternos al querer interferir el avance triunfal de los patriotas.

Mientras eso ocurría en el Daule, Francisco de Paula Lavayen, José de Antepara, Baltazar García y Lorenzo de Garaycoa, y otros revolucionarios y soldados del Daule, marcharon a ocupar la batería de Las Cruces. En cambio, en otros puntos de la ciudad fueron tomados prisioneros el gobernador Pascual Vivero, el vicegobernador José Elizalde y el coronel Benito García del Barrio. El capitán José Villalva fue arrestado muy por la mañana.

SEMANA TRASCENDENTAL
Del domingo 1 al domingo 8 de octubre de 1820, Guayaquil protagonizó actos que aseguraron el triunfo de los insurgentes. La decisiva reunión dominical en casa de José de Villamil, donde a propósito de un baile para Isabelita Morlás, hija de Pedro Morlás, ministro de las Cajas Reales, sirvió para que los conjurados a instancias del inteligente José de Antepara invocaran el simbolismo de la ‘Fragua de Vulcano’ y ratificaran el compromiso a seguir inclaudicables en el empeño de libertar a su tierra.

Asimismo, revistieron importancia las peticiones formuladas en distintos días al coronel Jacinto Bejarano, al jurista y literato José Joaquín de Olmedo y al coronel Rafael Ximena para que asumieran la jefatura del movimiento, quienes se excusaron amparados en razonados argumentos sin olvidar, eso sí, el compromiso adquirido. También revistió importancia la ayuda de los oficiales Gregorio Escobedo, Hilario Álvarez, Damián Nájera, Isidro Pavón, José Vargas y otros, quienes a pesar de formar las escuadras españolas, se mostraron solidarios con la revolución.

La llegada providencial a Guayaquil de los oficiales venezolanos Miguel de Letamendi, León de Febres-Cordero y Luis Urdaneta, del batallón Numancia, que regresaban desde Perú a su patria natal por descubrirse su vínculo con labores antirrealista, de la misma manera auguró el éxito del trabajo conspirador. El apoyo oportuno de Manuel de Luzárraga y Francisco Loro, que retrasaron el zarpe de la goleta Alcance para auxiliar a los próceres en los momentos de apremio o cualquier otro imprevisto relacionado con el golpe final de la jornada, también jugó papel determinante para el triunfo de la causa.

L os propósitos de revolucionarios que se manifestaron pese a ser manejados con cautela, determinaron que las autoridades españolas impusieran un mayor control de la ciudad y región, y no descuidaran su poderío militar en la plaza para apaciguar cualquier novedad. Testimonio de ello fue la numerosa tropa, obediente a la corona peninsular, repartida en los Granaderos de Reserva, Milicias Urbanas de Guayaquil, Escuadrón Daule, Brigada de Artillería y la tripulación de las lanchas cañoneras que patrullaban el río Guayas y sectores aledaños.

En medio de este alarde de fuerza, que puso en práctica la monarquía, los patriotas guayaquileños se mantuvieron unidos y continuaron llamando a más simpatizantes del movimiento. Las admiradas figuras de José de Antepara, José de Villamil, José Joaquín de Olmedo, León de Febres-Cordero, Rafael Ximena, Lorenzo de Garaycoa, Vicente Ramón Roca, Francisco de Paula Lavayen, Miguel Letamendi, Luis Urdaneta, Manuel de J. Fajardo y muchos otros personajes insistieron en su noble objetivo.

Alrededor de las 16:00 del domingo 8, los próceres estuvieron en casa de José de Villamil para evaluar los últimos pasos revolucionarios. Mientras conversaban observaron un inusual ajetreo de tropas realistas, actitud que les preocupó. Averiguado el porqué, conocieron que una Junta de Guerra que dirigió el gobernador Pascual Vivero, en la Casa del Gobierno, reveló que ya se conocían sus planes. Aún más, soldados del Granaderos de Reserva salió al Malecón y calles aledañas a realizar marchas para atemorizar a los líderes y simpatizantes del movimiento.

La orden de Vivero la secundó el oficial Joaquín Villalba, capitán del Puerto, quien ordenó que las lanchas cañoneras hicieran similares maniobras. Pero esas intenciones tuvieron efecto contrario, pues en lugar de acobardar a los patriotas los apuraron a agilizar los planes. Así, alrededor de las 22:00, Gregorio Escobedo se dirigió a la casa de José de Villamil para indicarle que lo previsto iba adelante y que a las 02:00 del nuevo día todos participarían del momento cumbre. Le recordó, además, que los revolucionarios estarían en el cuartel de Granaderos, convertido en el centro de operaciones.




El prócer José de Antepara bautizó como la Fragua de Vulcano al sitio de reunión de los próceres en casa de Villamil, en alusión al taller donde Vulcano, dios del fuego, forjaba los metales y los rayos de Júpiter,según la mitología romana.Detalle de la interpretación de la Fraguade Vulcano, obra de Diego de
Velázquez (1630).

La batalla del Pichincha 24 de Mayo de 1822

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