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Posted by Laminas Escolares in | diciembre 01, 2018

El proceso histórico

La rememoración del 6 de diciembre de 1534, fecha en la que el conquistador español Sebastián de Benalcázar puso en ejecución el documento que semana entes dictó en las planicies de la antigua Riobamba su compañero de aventuras, Diego de Almagro, nos lleva nuevamente al capítulo que por tradición en las páginas de la memoria patria se lo llama fundación de Quito, aunque estudiosos e investigadores ecuatorianos tras una mesurada revisión de documentos sostienen que aquel episodio debe llamárselo “asentamiento efectivo y definitivo”, pues el acto fundacional hispano propiamente dicho ocurrió el 28 de agosto del mismo año.

Sin embargo, la costumbre le ganó la partida a la validez de las precisiones históricas y pocos hablan del sentamiento definitivo en medio de la mayoría que se refiere al acto decembrino de hace 477 años como el de la fundación quiteña, cuestión que no disminuye por ningún motivo los méritos de la capital ecuatoriana, cuya presencia histórica también resulta indiscutible porque la ciudad reúne para la gloria de la patria todo cuanto representa la belleza, cultura y la ancestral vocación por la libertad en todas sus expresiones.

La conquista hispana

Apenas sucedió el asesinato o “sacrificio” de Atahualpa en manos de los caudillos de la conquista española en julio de 1533, el territorio del Tahuantisuyo que incluyó el de Quito fue escenario y testigo de cómo se radicalizaron los planes de sometimiento a cargo de las huestes ibéricas presentes en esta parte del continente. Junto con la figura de Francisco Pizarro, en el sur, en la región quiteña aparecieron Diego de Almagro, Sebastián de Benalcázar y otros personajes asignados por la aventura, la codicia y el poder.

En este teatro de acontecimientos está Benalcázar, quien conocedor de que su compatriota Pedro de Alvarado dejaría Guatemala para avanzar a la zona de Quito en pos de mejores resultados paralos fines de su empresa, también sorprendió de manera inmediata una marcha desde San Miguel de Piura hacia el norte – en la región quiteña-, decidido a mantener e incrementar sus privilegios y no ceder ante la audacia del peninsular llegado de su mismo reino europeo.

Francisco Pizarro, jefe con mayor rango, no autorizó que Benalcázar que saliera desde Piura rumbo a la región de Quito, pero el subalterno puso manos a la obra y arregló la expedición que llegó a la zona de Loja en los primeros meses de 1534 y desde aquí optó por avanzar hasta situarse en los alrededores de Tomebamba, donde se detuvo para descansar y organizar de mejor manera a los hombres que se embarcaron en su proyecto y esperaban en corto tiempo tener más oro.

Los indígenas resisten

En su largo peregrinar Benalcázar soportó los asedios y ataques del general indígena Rumiñahui y otros líderes defensores de la tierra quiteña. A pesar de que la resistencia fue tenaz y continuó, pues lo animaba algún resentimiento contra sus compañeros de aventura, quienes en más de una ocasión lo marginaron; asimismo, porque mostraban abiertamente el deseo de frenar los propósitos de Pedro de Alvarado, cuyas tropelías y comportamiento recibieron incluso el rechazo de los grupos que llegaron con similares planes.

Cuando estaba a punto de entrar a Riobamba, la antigua, Benalcázar tuvo el frontal acoso de los naturales a los que enfrentó a mediados de 1534 en Tiocajas, Colta y otros lugares. Mas una repentina erupción del Cotopaxi ayudó a los conquistadores a superar un importante combate y no salir derrotados completamente, mientras los defensores del territorio repetían emboscadas y hostigamientos a los intrusos extranjeros llegados a sus tierras. Benalcázar llegó a la fortaleza del Pichincha y encontró que la Quito indígena estaba en escombros, pues el aguerrido Rumiñahui se le adelantó para desmantelar la ciudad.

Cuando Sebastián de Benalcázar era testigo importante de las ruinas de la Quito indígena, Diego de Almagro llegó del Perú a esa ciudad por órdenes de Francisco Pizarro para exigirle explicaciones sobre su actitud. Pero ante el apremio de las cosas con un Pedro de Alvarado presente en la región, ambos personajes convinieron en presentar un solo frente que facilitaría hacer desistir al “intruso” y así ellos podían continuar las tareas de conquista y sumisión de los indígenas.

Dos fundaciones y un asentamiento

La presencia de las huestes de Pedro Alvarado y el temor de que ocurran mayores contratiempos, el 15 de agosto de 1534. Diego de Almagro, urgido por el tiempo, fundó la ciudad de Santiago en la Planicies de Riobamba y así tomó posesión de las tierras para la jurisdicción de Francisco Pizarro. Su actitud truncó las ambiciones del codicioso Alvarado, quien tuvo que pactar entonces con sus adversarios anteriores. Estudios posteriores concluyen que esta fundación corresponde a la actual ciudad de Santiago de Guayaquil.

El 28 de agosto de 1534,, en el mismo sitio que Diego de Almagro fundó la ciudad de Santiago, ocurrió lo que varios historiadores llaman la “fundación a distancia de San Francisco de Quito”. Esta importante ceremonia incluyó la formación del Ayuntamiento o Cabildo de la nueva Villa, con la juramentación legal de dos alcaldes y ocho regidores. Correspondió al escribano Gonzalo Díaz dar fe de este acto ejecutado por mismo mariscal Diego de Almagro.

Después de tres meses y días de ocurrido el ceremonial a cargo de Almagro en las inmediaciones de Riobamba, el teniente de gobernador Sebastián de Benalcázar confirmó y ejecutó la fundación de San Francisco de Quito, sobre las ruinas que dejó Rumiñahui. Fue Un domingo 6 de diciembre de 1534. En el acto se ratificó a las autoridades del cabildo, compuesto de regidores y alcaldes que se formó en agosto; de igual modo, se realizaron otros pasos legales. Sebastián de Benalcázar instaló la Villa de San Francisco de Quito y, por lo tanto, el episodio representa un asentamiento.

Organización y autoridades

Benalcázar se mostró siempre deseoso de que nada se interrumpa. Así, supervisó el trabajo del Cabildo que desarrollo el empadronamiento de los vecinos de la Villa y el trazo de ella a través del alarife (albañil o maestro de obras). Hubo, pues, demarcación de las calles a cordel, alrededor de las plazas públicas, el 20 de diciembre se repartieron los solares para que los vecinos inicien la construcción de sus viviendas. Benalcázar igualmente siguió la construcción del templo provisional, del reparto de solares y otras labores que aseguraron el nacimiento de la floreciente Villa, que pronto sería la bella ciudad capital de Audiencia de Quito.

Existen documentos que aseguran que los primeros vecinos de la villa sumaron 250, incluyendo las autoridades, el mismo Benalcázar y dos esclavos negros. Juan de Apundia y Diego de Tapia fueron los primeros alcaldes; en tanto que a Pedro de PUelles, Pedro de Añasco, Rodriguez Nuñez, Juan de Padilla, Alonso Hernandez, Diego Martin de Utreras, Juan de Espinoza y Melchor de Valdes correspondieron las labores de corregidores recién nombrados. El Cabildo ordenó que en las afueras de la ciudad exista el grande y común espacio denominado Ejido. Cada vecino recibió una extensión importante de terreno para cada estancia.
Posted by Laminas Escolares in , , | noviembre 12, 2018

Historia del Himno Nacional del Ecuador


26 de Noviembre Día del Himno Nacional del Ecuador

Los himnos son composiciones poéticos-musicales de origen muy antiguo, cuyo objetivo principa fue el de honrar a las divinidades, a los heroes y a las fuerzas de la naturaleza. Posteriormente adquirieron carácter religioso como alabanza a Dios, y finalmente político y social, y se enriquecieron con los ideales patrióticos y de independencia nacional; fue así que,coincidiendo con los acontecimientos históricos, nacieron los himnos nacionales, entre los cuales el más antiguo es el japónes, cuya música se remonta al siglo VIII, y el más popular, el frances, llamado "La Marsellesa", compuesto en 1792 por Rouger de Lisle, no como un himno nacional sino como una canción dedicada a la ciudad de Marsella.

En el caso de Ecuador, la historia de su Himno Nacional se remonta al año 1830, cuando al crearse la Republica el Gral, Juan José Flores - Presidente del nuevo Estado- encargó al poeta guayaquileño don José Joaquín de Olmedo que escribiera una letra con tal proposito.

La obra de Olmedo, publicada en el año de 1834, en su primera estrofa decía:

"Saludemos la aurora del día
para Quito la gloria inmortal,
en que osado Pichincha, el primero,
proclamó libertad, libertad".

Esta letra patriótica no recibió e favor del público, por lo que el propio Gral. Flores, en 1838 escribió una que en su primera estrofa dice:

Ceñidos de laureles
hagamos resonar
independendica y leyes;
reposo y libertad,
y en la guerra y la paz
independencia o muerte.
O muerte!
o libertad!

Tampoco esta letra gustó a los ecuatorianos, y al igual que la anterior, no fue tomada en cuenta.

El asunto del Himno Nacional fue olvidado durante varios años, hasta que en 1865. el Dr. Nicolás Espinoza Rivadeneira, Presidente de la Cámara del Senado, solicitó a don Juan León Mera, Secretario de la misma, la creación de una canción patri{otica que sea digna de ser considerada como Himno Nacional del Ecuador. "Mera aceptó de buen agrado, y la historia relata que en la noche del 15 de noviembre de 1865, escribió la hermosa letra de nuesto Himno Nacional, la misma que, sometida al conocimiento del Congreso Nacional, tuvo aceptación y aprobación unánime" (Galo S. Román.-Ecuador: Nación Soberana, p.166)

Ese mismo año, el violinista argetino señor Juan José Allende - que servía en el ejército ecuatoriano-, presentó una partitura musical para el Himno Nacional, pero fue rechazada por el Congreso. De inmediato la letra fue envida a Guayaquil donde vivía el notable músico y compositor don Antonio Neumane, para que é creara una música acorde a las exigencias de una canción nacional.Poco tiempo después Neumane entregó sus partituras, y en 1869 el Congreso Nacional las aprobó definitivamente como la música del Himno Nacional del Ecuador. El Congreso Nacional, por decreto del 29 de septiembre de 1948, sancionado por el Presidente Constitucional de la República, señor Galo Plaza Lasso, oficializó el uso del Himno Nacional del Ecuador, con la letra de Juan León Mera y la música de Antonio Neumane. Ese mismo año, el Congreso decretó la intangibilidad del himno y declaró el 26 de noviembre como su día oficial.

¡Salve, oh, Patria! es el Himno Nacional de la República del Ecuador consta de 6 estrofas y un coro, de las cuales únicamente se cantan la segunda estrofa y el coro. Su letra fue escrita por Juan León Mera y su música fue compuesta por el compositor francés Antonio Neumane. El himno tuvo algunos proyectos de reforma hasta alcanzar su fijación definitiva e intangibilidad desde que fue oficialmente adoptado en 1866.

Es la composición musical patriótica que representa al país y que, junto con la bandera y el escudo, tiene la categoría de símbolo patrio.

CORO

¡Salve, oh Patria, mil veces! ¡Oh Patria!
¡gloria a ti! Ya tu pecho rebosa,
gozo y paz, y tu frente radiosa
más que el sol contemplamos lucir.

I
Indignados tus hijos del yugo
que te impuso la ibérica audacia,
de la injusta y horrenda desgracia
que pesaba fatal sobre ti,
santa voz a los cielos alzaron,
voz de noble y sin par juramento,
de vengarte del monstruo sangriento,
de romper ese yugo servil.

II
Los primeros los hijos del suelo
que, soberbio, el Pichincha decora
te aclamaron por siempre señora
y vertieron su sangre por ti.
Dios miró y aceptó el holocausto,
y esa sangre fue germen fecundo
de otros héroes que, atónito el mundo
vio en tu torno a millares surgir.

III
De esos héroes al brazo de hierro
nada tuvo invencible la tierra,
y del valle a la altísima sierra
se escuchaba el fragor de la lid;
tras la lid la victoria volaba,
libertad tras el triunfo venía,
y al león destrozado se oía
de impotencia y despecho rugir.

IV
Cedió al fin la fiereza española,
y hoy, ¡oh Patria!, tu libre existencia
es la noble y magnífica herencia
que nos dio el heroísmo feliz:
de las manos paternas la hubimos,
nadie intente arrancárnosla ahora,
ni nuestra ira excitar vengadora
quiera, necio o audaz, contra sí.

V
Nadie, oh Patria, lo intente. Las sombras
de tus héroes gloriosos nos miran,
y el valor y el orgullo que inspiran
son augurios de triunfos por ti.
Venga el hierro y el plomo fulmíneo,
que a la idea de guerra y venganza
se despierta la heroica pujanza
que hizo al fiero español sucumbir.

VI
Y si nuevas cadenas prepara
la injusticia de bárbara suerte,
¡gran Pichincha! prevén tú la muerte
de la Patria y sus hijos al fin;
hunde al punto en tus hondas entrañas
cuanto existe en tu tierra, el tirano
huelle sólo cenizas y en vano
busque rastro de ser junto a ti.

El Himno Nacional del Ecuador, llamado por el escritor P. Aurelio Espinosa Pólit EL SALMO A LA PATRIA", tiene su día consagrado como una fecha para el estudio y meditación del mismo, considerando que el Himno Nacional es uno de los símbolos que sintetiza en su sagrado contenido las glorias, el espíritu indoblegable y la proyección histórica de la Patria. El hombre ecuatoriano recuerda con gratitud a sus autores de la letra Juan León Mera y de la música Antonio Neumane; esta composición ha satisfecho a plenitud el ideal ecuatoriano de un símbolo profundamente representativo, marcial e inolvidable, y por su emoción deja en el alma un mensaje que habla con elocuencia la verdad y el encanto de la belleza. Una conjugación pocas veces alcanzada en otras ocasiones patrias, ha hecho del Himno Nacional Ecuatoriano una pieza artística de extraordinario valor, que despierta el respeto y admiración de nacionales y extranjeros.

El patriotismo, el civismo están vivos en la magia y en la poesía, en el pensamiento y en la música del Himno Nacional Ecuatoriano, que interpreta las tradiciones gloriosas que heredamos de nuestros mayores para levantar hacia las cúspides altas a nuestra Patria, siguiendo las sendas dejadas por los valerosos soldados ecuatorianos.

HISTORIA
Un primer proyecto del Himno Nacional de autor anónimo y escrito el 20 de mayo de 1830 Consta en la gaceta del gobierno Nº 125 del 20 de diciembre de 1833. El poeta guayaquileño José Joaquín Olmedo fue el autor del segundo proyecto, a pedido del generar Juan José Flores, se publicó en el año 1834. Un tercer proyecto, escribió el general Juan José Flores, adoptando el mismo título de la abra de Olmedo; se publicó en 1838.

El músico argentino Juan José Allende que prestaba sus servicios en el ejército ecuatoriano, le puso música al Himno escrito por JOSÉ Joaquín de Olmedo, como consta en su solicitud y ejecución ante el Congreso de 1865, no habiendo satisfecho esta música, don Juan León Mera, entonces Secretario del Senado, compuso en una noche el Himno Nacional del Ecuador, el cual fue leído al siguiente día en la Cámara, enardeció a todos. Esta letra del Himno mencionado se envió a Guayaquil, al compositor don Antonio Neumane, nativo de Córsega, pero que miraba al Ecuador como su segunda patria, y éste compuso asimismo en una noche la música que despertó enorme entusiasmo en todo el país.

Así obtuvo el Ecuador afines de 1865 su HIMNO NACIONAL, con el cual desde entonces, ha identificado la expresión de sus íntimos sentimientos patrióticos, su orgullo por su noble pasado, y su fe en el glorioso destino que reserva el porvenir.

No ha faltado sin embargo, varios Intentos para modificar, primero en 1888, y luego en 1922 y 1923 La propuesta de sustituir el HIMNO por otro de letra más Pacifica, fue rechazada casi por unanimidad en el Congreso de 1922 El de 1934 admitió que se introdujesen unas pocas modificaciones, con la aprobación de la próxima Legislatura; pero ésta, la de 1923, ni tomó en cuenta ni discutió, ni aprobó tal proyecto.

Siguiéndose cantando el HIMNO sin modificación alguna en la letra, si bien en estos últimos años se ha introducido la plausible costumbre de cantar después del CORO la segunda Estrofa en vez de la Primera. Al Congreso de 1948 se debe el Decreto que oficializa el Himno y lo declara intangible, en la siguiente forma.

EL CONGRESO DE LA REPÚBLICA DEL ECUADOR CONSIDERANDO:
1ro.- Que habiéndose fijado en forma definitiva las Armas de la República y el Pabellón Nacional por Decreto de 7 de Noviembre de 1900, no se ha hecho todavía lo mismo con el Himno Nacional, que es. al par del Escudo y de Ia Bandera, uno de los símbolos de la Patria;

2do.- Que el Himno compuesto por el insigne patriota don JUAN LEÓN MERA, y puesto en música por don ANTONIO NEUMANE, en 1865 aunque no haya recibido sanción legal, ha sido de hecho adaptado como Himno Nacional por el Gobierno da la República; y, desde hace 69 años, es cantado con fervor unánime y unción patriótica por lodo el pueblo ecuatoriano;

3ro - Que por haber llegado a ser este Himno expresión viva del alma nacional y de sus más caras tradiciones, recuerdo enaltecedor de los sangrientos sacrificios que costó la independencia, elemento de cohesión entre lodos los ecuatorianos, e inspirador de amor a la Patria, debe declararse, no solamente su carácter oficial, sino también su intangibilidad;

Que habiéndose introducido con el transcurso del tiempo ciertas alteraciones que desvirtúan su sentido y empañan su belleza, el Ministerio de Educación Pública, por medio de una Comisión integrada por los señores Juan León Mera Iturralde y Dr. Aurelio Espinosa S J., encargado de cotejar con esmero los manuscritos, ha establecido en forma definitiva el texto auténtico del Himno;

DECRETA:
1ro.- El Himno compuesto por don Juan León Mera y puesto en música por don Antonio Neumane en el año 1865, es el HIMNO NACIONAL ECUATORIANO

2do.- El texto del Himno Nacional oficializado por este Decreto es el que ha sido establecido por la Comisión del Ministerio de Educación Pública, y se declara intangible; el mismo que constará como anexo, obligatoriamente a este Decreto.

3ro.- Quedan derogadas todas las disposiciones que se hubieren dictado anteriormente sobre esta materia.

Dado en el Salón de Sesiones del H. Congreso Nacional, en Quilo, a 29 de septiembre de 1948, El Presidente del Senado, Manuel Sotomayor y Luna. El Presidente de la H. Cámara de Diputados, Dr. Carlos Andrade Marín. El Secretarlo del Senado, Dr. Rafael Espinosa Velasco.

Palacio de Gobierno en quito, a 8 de Noviembre de 1948.

Ejecútese.- El Presidente de la República, Dr. Galo Plaza.- El Ministros de Educación Lic. Gustavo Darquea Terán.

Publicado en el Registro Oficial Nº 68 del 26 de noviembre de 1948.
Posted by Laminas Escolares in , | mayo 13, 2018
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 Batalla del Pichincha may 1822


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La América Hispánica había comenzado a transitar los pasos definitivos hacia su independencia. El virreinato de Nueva Granada había logrado su liberación luego de la batalla de Boyacá, donde Simón Bolívar venció a los realistas, y José de san Martín había hecho lo propio, al liberar Chile, y disponerse a independizar Perú.

En Guayaquil, el 9 de octubre de 1820, se produjo la liberación de esa localidad, que reunió un ejército de casi 2.000 hombres, y en un mes lo puso a disposición de la causa independentista. Triunfaron el 3 de noviembre de 1820, logrando emancipar Cuenca, pero al ser derrotados en
Huachi debieron replegarse.

En el mes de mayo de 1821, el general Antonio José de Sucre, fue enviado por Bolívar, a cargo de la presidencia de la República de Colombia, para ponerse al frente de las fuerzas que comandarían la liberación de la Real Audiencia de Quito. El objetivo de Bolívar era anexar esos territorios para formar su soñada Gran Colombia, con una América unida. Las tropas de Sucre comenzaron el avance, por Guaranda, en el mes de julio, con resultados no demasiado favorables, debiendo firmar un acuerdo con los realistas, el 19 de noviembre de 1821.

El próximo avance se produjo, con 1.700 hombres, en enero de 1822, cruzando los Andes hacia Cuenca, ciudad que se pretendía tomar para interceptar la comunicación entre Quito y Lima, impidiendo la llegada de los refuerzos que los realistas esperaban desde Pasto.

Antes, en Saraguro, se habían agregado los refuerzos que envió San Martín desde el Perú, compuestos por 1.200 soldados, chilenos, argentinos y peruanos. Personas de Guayaquil y de la Sierra, conformaron el batallón Yaguachi, pero también participaron en la campaña, algunos disidentes españoles, tropas de venezolanos y colombianos aportados por Bolívar, irlandeses, franceses, y sobe todo ingleses que formaron el batallón Albión. Se destacó la participación de grandes valores militares como el Coronel Morales, el General Mires, el Coronel Santa Cruz y el Coronel José María Córdoba. Cuenca fue tomada el 21 de febrero de 1822, incorporándose a la República de Colombia. El 21 de abril, lograron entrar en Riobamba. El 2 de mayo arribaron a Latacunga.

Los realistas se habían apostado en los caminos de montañas que permitían ingresar a Quito, en las lomas del Puengasí, pero Sucre evitó los enfrentamientos y comenzó a avanzar por caminos laterales alternativos, por las laderas del volcán Pichincha, en un camino difícil y anegado. Casi 3.000 hombres avanzaron en formación. Al frente iban los integrantes del Magdalena, integrado por 200 colombianos. Le seguía el ejército al mando de Sucre. En la retaguardia el batallón Albión, de británicos.

LA BATALLA

La Compañía de los Cazadores del Paya, que inspeccionaban la zona, se encontró a las 9,30 horas, del día 24 de mayo de 1822, con las fuerzas españolas. El combate recrudeció con la entrada en la lucha del batallón Trujillo apoyado por el Yaguachi. Melchor De Aymerich fue quien ordenó subir a la montaña para iniciar el ataque a sus 1.900 hombres. Su batallón más importante, el Aragón fue comisionado a subir a la cima del volcán para atacar por la retaguardia.

En el encuentro producido a una altura de 3.000 metros, lograron batir a los batallones Trujillo, al mando del coronel Andrés Santa Cruz, Piura (peruanos) y Yaguachi (ecuatorianos). El Paya arremetió contra el enemigo, con bayonetas, en lucha cuerpo a cuerpo, causándole algunas bajas, no demasiado decisivas. La batalla sembró de muertos el escenario montañoso. El abanderado patriota, el Teniente Coronel Abdón Calderón, de 18 años, alentó a las tropas durante todo en combate y en ello le fue la vida, al igual que había ocurrido con su padre, luchando contra los realistas años atrás. Luego de su muerte fue ascendido a Capitán.

Cuando todo parecía indicar que la batalla sería para los realistas entró en acción el Albión, que se había dispuesto por encima del Aragón realista, y lo atacó hasta destruirlo. Ayudaron también las fuerzas del Magdalena, al mando del Coronel Córdoba, que apoyaron a las del Paya hasta hacer retroceder hacia Quito, a todo el ejército realista.

CONSECUENCIAS

En total se contaron 200 muertos patriotas y 140 heridos. Entre los españoles fallecieron 400 y hubo 1.190 heridos. Los revolucionarios capturaron gran cantidad de material bélico.

Al día siguiente, 25 de mayo, Sucre entró en Quito, y las tropas españolas se rindieron. El 16 de junio la provincia de Quito fue anexada a Colombia. El 13 de julio de 1822 Guayaquil también formó parte de Colombia. Esta situación se mantuvo hasta 1830 donde se constituyó la República de Ecuador como estado independiente, formado por Quito, Guayaquil y Cuenca. La batalla de Pichincha posibilitó la liberación de Lima, con las batallas de Junín y Ayacucho.
Posted by Laminas Escolares in , | mayo 12, 2018
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La Batalla de Pichincha ocurrió el 24 de mayo de 1822, en las faldas del volcán Pichincha, a más de 3.000 metros sobre el nivel del mar, cerca de la ciudad de Quito, en el Ecuador actual.
El encuentro, que ocurrió entre Antonio José de Sucre y el ejército realista comandado por Aymerich. La derrota de las fuerzas realistas leales a España condujo a la liberación de Quito y aseguró la independencia de las provincias que pertenecían a la Real Audiencia de Quito, también conocida como la Presidencia de Quito, la jurisdicción administrativa colonial española de la que finalmente emergió la República del Ecuador.

La noche del 23 de mayo inician movimientos las vanguardias libertarias, la una al mando del Crnl. Córdova compuesta por dos cía. del batallón “Magdalena” y del “Trujillo” y la otra al mando del Crnl. Santa Cruz toman la vía Chillogallo-Pucará-Guairapungo-Unguí-Chilibulo-Lomas de la Chilena y San Juan, a eso de las ocho de la mañana del 24 de Mayo de 1.822 llegan a las alturas del Pichincha.
Sucre previniendo la batalla determina que una cía. del batallón “Paya” reconozca las posibles rutas de aproximación realistas mientras que el batallón “Trujillo” espera al enemigo y apoya las labores de “reconocimiento”.
El Mariscal Aymerich conocedor del movimiento libertario, reúne a su estado mayor muy temprano el mismo 24 de Mayo y decide que su ejército marche hacia las faldas del Pichincha “domine las alturas y bata al ejército rebelde”, para muchos entendidos el movimiento de Aymerich fue bastante imprudente a causa de lo escarpado del terreno y el intento de interceptar a su enemigo en semejante altura solo puede ser calificado como un acto heroico o cargado de desesperación al comprender las intenciones del Gral. Sucre.
Hay que señalar que la falda del Pichincha, lugar en donde se desarrolló la batalla, esta a una altura de 3.500 mts. sobre el nivel del mar y, se encuentra rodeada al norte y al este por la Quebrada Cantera, al sur por la Quebrada Santa Lucía y, al oeste por las estribaciones andinas.
Por otra parte la decisión de Aymerich también pudo deberse al alto grado de desconfianza por parte del jefe realista hacia la población civil que comenzaba a aumentar su actividad subversiva a favor del bando libertario, por lo que a su juicio sus tropas no podían presentar batalla en el ejido, sitio en el que ya se encontraban la caballería y centenares de patriotas alzados que atacarían a sus espaldas permitiendo al Gral. Sucre atacar de frente y destruir su fuerza.
A las nueve y media de la mañana las tropas de la cía. “Paya” entran en contacto con la fuerza realista y se “rompe” el fuego, oportunamente llega el batallón “Trujillo” y continúa el combate, no tardan en producirse las primeras bajas de lado y lado.
Sorprendido en un inicio, las fuerzas realistas se reordenan y reinician un furiosos ataque que produce un “boquete” en las líneas patriotas, Sucre previendo esto envía al Crnl. Morales con dos Cías. del “Yaguachi” a detener esta irrupción realista.
Al ver que los españoles continuaban con su embestida, Sucre ordena que las dos Cías. del “Magdalena” a ordenes del Crnl. Córdova ejecuten un movimiento “envolvente” al flanco realista con la finalidad de colocarse detrás de las posiciones enemigas, Córdova dirige a sus huestes, según lo dispuesto por el Gral Sucre, pero un ramal de la Quebrada Cantera impide concluir con la orden por lo que tiene que regresar sobre sus pasos a formar parte del “ala” izquierda de combate.
En tanto el resto de la infantería bajo la dirección del Gral. José Mires, que días antes al enfrentamiento consiguió fugarse de la cárcel de Quito y reunirse con sus huestes, continua su avance.
A eso de las 11 de la mañana las municiones comienzan a escasear entre las filas patriotas por lo que el batallón “Trujillo” comienza a replegarse, ante esta eventualidad el Crnl. irlandés Daniel O Leary, uno de los edecanes del Gral. Sucre, en acción desesperada, apresura el aprovisionamiento de municiones utilizando indígenas cargadores según lo dispuesto por el jefe libertador, pero la retirada se vuelve inminente tanto es así que la caballería de la división peruana también comienza a retirarse.
Al ver esto Sucre ordena al Crnl. Ibarra y al escuadrón de “Dragones del Sur” contener a los escuadrones peruanos y evitar su retiro del campo de batalla, viendo estos acontecimientos los realistas destacan tres cías. del batallón “Aragón”, ubicados en las lomas de El Placer, para ganar altura y flanquear a las fuerzas patriotas de Córdova.
Al medio día llegan las municiones y se vuelve a la lucha, ante el reinicio de las hostilidades, Sucre manda a proteger al batallón “Albión” el flanco derecho del batallón “Alto Magdalena”, que estaba siendo atacado por más de medio batallón realista “Aragón” que trataba, junto a otra unidad realista, cortarlo e interponerse por el flanco izquierdo de la línea sostenida por el batallón “Yaguachi”.
Una vez retiradas las fuerzas peruanas, Sucre se da cuenta que debe reforzar al batallón “Yaguachi” que casi había agotado sus municiones, e imparte esta orden al Gral. Mires que desmonta, desenvaina su espada y toma la dirección del batallón “Paya” con el que carga por el flanco derecho, que con la retirada de los peruanos había quedado descubierto.
Los realistas habían ganado terreno de tal forma que el batallón “Aragón” estaba próximo a coronar la altura y se hallaba parapetado dentro del bosque, en ese instante interviene el batallón patriota “Albión” que había conseguido ubicarse a mayor altura que el batallón realista, lo ataca con todo y lo vence claramente.
Sucre al ver esta acción decide atacar con toda su fuerza disponible, directo, al centro de las huestes españolas rompiendo sus líneas y así alcanzando la victoria tan anhelada.
El triunfo Patriota obliga a los realistas a replegarse hacia el fortín del Panecillo, al ver esto el Gral. Sucre ordena al Crnl. Ibarra perseguir con su caballería al enemigo e impedirles su retirada hacia Pasto, Ibarra los sigue hasta Guayllabamba en donde toma varios prisioneros y termina por desbandar a la infantería realista.
El Crnl. español Tolrá, Comdte. de la caballería peninsular, que se encontraba en el ejido norte de la ciudad, enterado de la derrota, también intenta dirigirse hacia el norte pero se lo impiden “a medias” las fuerzas de los Crnls. Ibarra y Cestáris, finalmente se dispone al Crnl. Córdova dirigirse al norte con una unidad colombiana a fin de detener el avance del batallón “Cataluña”, los derrota y acepta la rendición de 180 soldados realistas miembros de esta milicia hispana.
El resultado final de esta victoria dejo alrededor de 2.000 bajas entre prisioneros, heridos y muertos en ambos bandos, pero es pertinente destacar, tal y como lo hizo el Gral. Sucre, a un personaje que pasó a la historia como héroe nacional: el Tnte. Abdón Calderón de quien el Jefe Supremo del Ejército Libertador, Gral. Antonio José de Sucre escribió: “habiendo recibido consecutivamente cuatro heridas jamás deseo retirarse del combate. Probablemente morirá; pero el Gobierno de la República sabrá compensar a su familia los servicios de este oficial heroico”. De ahí que el Libertador Bolívar ordenó que al ser pronunciado su nombre al “correr lista” en su regimiento sus compañeros repetirían lo siguiente: “Murió gloriosamente en Pichincha, pero vive en nuestro corazones”.
Con este triunfo el Gral. Manuel Antonio López Borrero izó por primera vez en la recoleta de La Merced el tricolor colombiano el mismo 24 de Mayo de 1.822.

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Posted by Laminas Escolares in , | mayo 11, 2018
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Tres láminas que presentan la biografía de los principales protagonistas y personajes de la batalla del Pichincha

José María Córdova

Abdón Calderón

Melchor Aymerich

Andrés Santa Cruz

Juan Lavalle

Diego Ibarra
Posted by Laminas Escolares in , , | mayo 10, 2018 No comments
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Posted by Laminas Escolares in , | mayo 10, 2018 No comments
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Posted by Laminas Escolares in , , | mayo 10, 2018 No comments
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1. Mural sobre la Batalla del Pichincha, por Luis Peñaherrera Bermeo, ubicado en Carondelet en Quito.

2. General Antonio Elizalde

3. Coronel Baltazar García

4. Francisco de Paula Lavayen


Si bien está comprobado que el triunfo del 24 de mayo de 1822 lo decidió una falange internacional, la presencia guayaquileña tuvo papel preponderante en la gesta.

No es uno sino que suman muchos los historiadores ecuatorianos -para tampoco ir muy lejos- que de manera objetiva y sin apasionamiento alguno juzgan como determinante el empuje que dieron los líderes de la revolución guayaquileña del 9 de octubre de 1820 a la causa de la definitiva independencia nacional, sellada el memorable 24 de mayo de hace 187 años.

Tal reconocimiento también lo hacen con la presencia de jóvenes oficiales, soldados de menor rango y el pueblo común, quienes animados por el sentimiento patriótico no demoraron en incorporarse y engrosar las filas del ejército libertador, que bajo la inspiración del lema ¡Guayaquil por la Patria! se organizó inmediatamente del triunfal episodio octubrino.

La fervorosa participación de la gente oriunda de esta ciudad no fue efímera y más bien tuvo el sello de la ejemplar constancia. Lo hicieron al formar parte de la División Protectora de Quito y de la falange que, bajo la jefatura y liderazgo del general venezolano Antonio José de Sucre, partió de Samborondón para cumplir la campaña definitiva que liberó a la Presidencia de Quito del colonialismo español.

Presencia testimonial
De 1820 a 1822, en medio de triunfos y reveses, inicialmente en Camino Real, Huachi, Verdeloma, Tanizagua, y más tarde en Cone, otra vez Huachi y Riobamba hasta alcanzar la breñas del Pichincha, no faltaron los guayaquileños que abrazaron las armas y concurrieron fervorosos en búsqueda del destino común que era la emancipación total del territorio patrio.

Así pues, en esa nómina de los vencedores de mayo de 1822, donde constan aguerridos cuencanos, quiteños, riobambeños, manabitas, etcétera, junto con venezolanos, colombianos, peruanos, chilenos, argentinos e ingleses, integrantes de la legión internacional que peleó a órdenes de Sucre, rescatamos nombres conocidos y exaltamos a los anónimos que abonaron el campo de combate, como los del batallón Yaguachi.

Guayaquileños que se lucieron en las faldas del Pichincha fueron Guillermo Bodero y Antonio Elizalde, coroneles Baltazar García y de la Rocha, Carlos Acevedo y Francisco de Paula Lavayen y Muguerza. También subtenientes José López, Manuel Salcedo, Mariano Soto y Antonio Salazar, capitanes Diego Manrique y Fulgencio Rocha, y Agustín Lavayen y Muguerza , Manuel de Lara y Ponce de León y Manuel Avilés Pacheco.

Noble herencia
En Pichincha pelearon no únicamente esos militares, también lo hicieron decenas de soldados guayaquileños contagiados del ideal libertador: guerreros curtidos, unos; bisoños y de incipiente carrera, otros. Incluso los hubo de circunscripciones territoriales que para la época formaban parte de la provincia libre de Guayaquil; ejemplo de ello, el sargento Isidro Pavón Valarezo, de Samborondón.

Muchos de los héroes guayaquileños de Pichincha continuaron con su aporte cívico y militar a la causa emancipadora de la región y colaboraron con Sucre y Bolívar en otras campañas; por esos sus nombres se recogen en Ayacucho, caso de Manuel Salcedo, Antonio Elizalde y Baltazar García.

Otro de los testimonios de la colaboración de nuestra ciudad para la campaña que terminó en Pichincha, es el convenio del 15 de mayo de 1821, suscrito entre la Junta de Gobierno de Guayaquil, representada por José Joaquín de Olmedo, Francisco Roca y Rafael Ximena, y el general Antonio José de Sucre, enviado de Simón Bolívar.

El punto sexto señala: “El gobierno de Colombia, después de las manifestaciones que ha hecho, de aprecio y consideración a los esfuerzos de los hijos de Guayaquil, para romper sus cadenas y elevarse a la libertad y pleno goce de los derechos de la vida civil, reconoce en la provincia y en sus habitantes los más importantes apoyos a la libertad de Quito, y ofrece recompensar sus generosos servicios y a su cooperación a los planes de la República con todas las ventajas que reclama su situación en el Pacífico”.

Valoración
Historiadores versados e idóneos, como Julio Estrada Ycaza, en su documentada obra La lucha de Guayaquil por el Estado de Quito, resaltan entre otras cosas la necesidad de reivindicar la presencia guayaquileña en la Batalla del Pichincha, como ratificación del visionario aporte de la ciudad empeñada en buscar la libertad de sus hermanas provincias de la Serranía para constituir el Estado de Quito.

El historiador Jorge Núñez Sánchez, en la revista de las Fuerzas Armadas de junio de 1999, analiza el episodio del 24 de mayo de 1822 y concluye en tres consideraciones fundamentales: “Segunda.- Que durante la primera etapa de esa campaña (noviembre de 1820 - febrero de 1822) la mayor parte de los combatientes fueron originarios de la antigua provincia de Guayaquil y fue la Costa quien aportó con la mayor cuota de sangre para la independencia quiteña”.

En la “Tercera: Que entre los libertadores de Quito y triunfadores de Pichincha deben figurar, en lo político, el doctor José Joaquín de Olmedo, presidente de la Junta de Gobierno de Guayaquil, y el libertador Simón Bolívar; y en lo militar el entonces general Antonio José de Sucre, más tarde gran mariscal de Ayacucho”.

Guayaquil estuvo en Pichincha y ayudó sin desmayo a Sucre para alcanzar los laureles de la gloria.

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Patriota y prócer de la independencia nacido en Guayaquil en el año 1799.
Recibió su bautizo de fuego el 8 de febrero de 1816 enfrentando al Alm. Guillermo Brown cuando este se presentó con su escuadra en aguas del golfo de Guayaquil.
Ese día -cuando las autoridades españolas hicieron creer a los guayaquileños que se trataba de una nueva incursión pirata- bajo las órdenes del Crnel. Jacinto Bejarano fue uno de los que cuchillo en mano nadaron hasta abordar la nave de Brown, a quien luego de valerosa lucha rindieron y capturaron. Más tarde, al comprobarse que el comodoro argentino había sido enviado por la Junta de Buenos Aires para promover movimientos revolucionarios en los pueblos de la costa del Pacífico, fue dejado en libertad gracias a las gestiones realizadas por los guayaquileños más prominentes.
Cuatro años más tarde tuvo importante participación en los movimientos militares que llevaron a feliz término la gloriosa Revolución del 9 de Octubre de 1820, cuando la noche previa acompañó al Cap. Luís Urdaneta a la captura del Cuartel Daule y luego, con Francisco de Paula Lavayen intervino también en la toma de la batería Las Cruces, situada al sur de la ciudad.
Más tarde se alistó en el ejército patriota y tomó parte en las batallas de Cone; en el primero y en el segundo Huachi; en la de Riobamba; y finalmente en la del Pichincha con la que se selló de manera definitiva la independencia de nuestra patria. Posteriormente marchó también a luchar por la independencia del Perú, y el 9 de diciembre de 1824 asistió como Ayudante de Campo del Gral. José María Córdova, a la histórica Batalla de Ayacucho con la que se proclamó de manera definitiva la independencia de todos los pueblos de América.
Alcanzó a ver el nacimiento de la República del Ecuador, y retirado a la vida privada, el Crnel. Baltazar García y de la Rocha murió en su ciudad natal, Guayaquil, el 15 de abril de 1833.

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Patriota y prócer de la independencia nacido en Guayaquil el 23 de abril de 1795, hijo de don Juan Bautista de Elizalde Echegaray y de doña María Josefa Lamar y Cortázar.

Tuvo importante actuación en la heroica y gloriosa Revolución del 9 de Octubre de 1820, participando en la toma del Cuartel Daule; y un año más tarde, bajo las órdenes del Gral. Antonio José de Sucre inició las campañas por la independencia de todos los pueblos de Quito, e intervino con valor y coraje en las batallas de Cone, Huachi y Pichincha. Posteriormente luchó también en Ayacucho, donde se selló de manera definitiva la libertad americana.

Es preciso anotar que en Huachi, Elizalde, luciendo ya los galones de Capitán, recibió dos heridas de lanza, a consecuencia de las cuales quedó baldado del brazo derecho.
En 1828, junto a su tío, el mariscal José de Lamar, intervino en la guerra Perú-Gran Colombiana que terminó con el triunfo de Sucre en los campos de Tarqui, el 27 de febrero de 1829.
Instaurada la República del Ecuador, el Gral. Juan José Flores lo nombró Jefe de Estado Mayor, pero cuando el gobernante intentó eternizarse en el poder se opuso tenazmente, pasó a la oposición y tomó parte activa en la Revolución Marcista que en 1845 puso fin a la dominación floreana.
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Patriota y prócer de la independencia nacido en la ciudad de Guayaquil en el año 1785, hijo del Sr. Pedro Lavayen y Rodriguez Plaza y de la Sra. María Magdalena de Muguerza y Rivas. Fue uno de los invitados a la fiesta que se dió el 1 de octubre de 1820 en la casa del Gral. José de Villamil, y estuvo presente en la reunión clandestina que esa noche preparó José de Antepara para organizar los movimientos independentistas de Guayaquil; reunión a la que el propio Antepara llamó "La Fragua de Vulcano".

En la memorable noche del 8 de octubre acompaño al Cap. Luis Urdaneta a la captura del Cuartel Daule, y luego, junto a ocho voluntarios más atacó y se apoderó de la Bateria Las Cruces, situada al sur de la ciudad. Al establecerse el Gobierno Libre de Guayaquil, luego de la Revolución del 9 de Octubre de 1820, fue ascendido al grado de Capitán y enviado en comisión para informar a Bolívar que Guayaquil, gracias al esfuerzo de sus hijos, había proclamado su independencia y era libre del yugo español.

Guayaquileño que desde muy joven mostró entusiasmo por la causa emancipadora y defendió a la ciudad de ataques armados. En 1816 peleó junto con los coroneles Jacinto Bejarano y José Carbo Unzueta para la rendición del almirante Guillermo Brown, que combatía a la armada española según las instrucciones del general San Martín.

En la madrugada del 9 de octubre de 1820 fue parte del grupo de voluntarios que tomó el fuerte de San Carlos; su labor luego del triunfo patriota no se declinó y se lo vio actuar en diversas comisiones, tal la que le confiaron para viajar al Cauca y notificar a Simón Bolívar sobre la liberación de Guayaquil.

Fue miembro del Colegio Electoral en noviembre del mismo año; combatió en Cone, cercanías del cantón Yaguachi (agosto/1821), Segundo Huachi (septiembre/1821) y Pichincha (mayo/1822). Colaboró con Vicente Rocafuerte en su insurrección contra el general Juan José Flores.

Murió el 24 de mayo de 1858 en Quito, donde fue sepultado en el cementerio de El Tejar de la Merced. Una tradicional calle de esta ciudad tiene su nombre. Su efigie destaca en la Columna del parque Centenario.

“Guayaquil no se independizó egoístamente para ella sola; Guayaquil le dio la independencia a toda la región y de manera especial a Quito; financió económicamente a los ejércitos libertadores, le permitió a Bolívar concluir la independencia de Colombia y, finalmente, fueron guayaquileños quienes le dieron la libertad al Perú, sellando de manera definitiva la independencia de América.

Tres libertadores –no dos– tiene América: Bolívar, San Martín y Guayaquil... Esa Guayaquil que fue tan dueña de la libertad que pudo regalarla generosamente”.


Efrén Avilés Pino, historiador guayaquileño.
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Camino a la libertad el 24 de mayo de 1822
Posted by Laminas Escolares in | noviembre 25, 2017
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La tarde del 15 de noviembre de 1922, las balas y los cuchillos de las bayonetas acallaron el justo reclamo de trabajadores y obreros que desfilaban por las calles del sector céntrico del Puerto, en las que al paso de las horas caerían hombres, mujeres e incluso niños, víctimas de una repudiable carnicería.

Entre los antecedentes que llevaron al sacrificio a gente inocente que integraba gremios y asociaciones de obreros constaron las repercusiones en el territorio ecuatoriano de la deteriorada economía mundial de aquella época, que ensombreció aún más el panorama del país por la demora del gobierno de José Luis Tamayo para atenuar la falta de trabajo y de circulante, el alza incontrolada del tipo de cambio, etcétera.

Así, la desesperante situación originó el clamor popular por urgentes cambios que, al igual que la clase trabajadora, tenían la excitativa de la prensa por la revisión también de horas de trabajo, mejoramiento de salarios y más beneficios.

Varios sindicatos optaron por medidas de hecho y entonces la situación empeoró en los primeros días de noviembre de 1922.

No surtió efecto el ánimo conciliatorio de varios dirigentes laborales y las cosas tomaron otro rumbo con la urbe a oscuras, sus mercados desabastecidos, en tanto las manifestaciones se repetían. Ocurrió entonces que en la ingrata fecha de 1922, los jefes militares no actuaron con tino y dispusieron órdenes extremas para recuperar la tranquilidad, que se perdió por la actitud gubernativa.

Un confuso incidente que pudo controlarse fue el que sirvió para que la bárbara represión se generalizara. En su afán de encontrar medios de defensa, el pueblo se vio obligado a buscarla en almacenes y tiendas, sin saber que muchos malandrines aprovechaban la confusión para cometer desafueros. Todo se entendió como asalto a la propiedad privada y los uniformados no demoraron en actuar con mayor furia.

Apostadas en sitios estratégicos, las fuerzas del orden dispararon contra la muchedumbre. Las centenas de cadáveres fueron hacinadas en fosas comunes en el cementerio general y otras lanzadas a las aguas del río Guayas. La matanza de 1922 fue el bautismo de sangre del obrerismo ecuatoriano, como lo sostuvo el jurista y educador Jorge Manzano Escalante. En cambio, Joaquín Gallegos Lara y Alfredo Pareja Diezcanseco en sus obras hacen referencia a la memorable jornada.

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Posted by Anónimo in , | octubre 01, 2017
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El triunfo de la revolución de 1820 que logró la independencia de Guayaquil y repercutió para la total emancipación de la Presidencia de Quito, aglutinó a valerosos soldados de otras regiones de América, hacendados, comerciantes, miembros de la élite local a quienes se sumó un pueblo amante de la libertad que siempre ha sido protagonista de decisivas páginas de nuestra historia. Como ejemplo de ello aquí constan cinco luminosas figuras que gestaron el episodio de hace 188 años


José Joaquín de Olmedo
Jose Joaquin de Olmedo


Alma y nervio de la gesta, nació en Guayaquil, el 19 de marzo de 1780, y murió en su tierra natal el 19 de febrero de 1847. Estudió en Quito y en Lima; se graduó de doctor en jurisprudencia en la Universidad de San Marcos. De vuelta a su tierra natal, se incorporó a una activa labor política e intelectual. En unión del doctor Vicente Rocafuerte, representó a la Audiencia de Quito en las Cortes de Cádiz (España).

Trabajó por el triunfo revolucionario, aunque declinó con razonadas excusas la jefatura del movimiento cuando los dirigentes se la ofrecieron. Firmó el Acta de la Independencia y tras el éxito de los planes nacionalistas fue nombrado jefe político e impulsó ideas transformadoras en diferentes campos. Alentó a la División Protectora de Quito y las labores del Primer Congreso Constituyente de noviembre de 1820. Participó en futuras jornadas patrióticas.

José de Villamil
Jose de Villamil

Nació en junio de 1788, en Nueva Orleans, Estados Unidos, y muy joven mostró simpatía por la causa independentista de los pueblos hispanoamericanos. Por esa labor sufrió persecuciones y estuvo a punto de ser fusilado. En 1815, en Puerto Príncipe, conoció a Simón Bolívar, quien lo motivó a seguir su loable acción. Radicado en Guayaquil, se casó con Ana Garaycoa y en 1820 colaboró decididamente con los revolucionarios.

En su hogar, donde estuvo la legendaria Fragua de Vulcano, se realizaron muchas reuniones de los patriotas. Firmó el Acta de la Independencia y fue comisionado para viajar en la goleta Alcance, el 11 de octubre, para darle la buena nueva del triunfo a San Martín. También peleó en Cone y Huachi. Estuvo presente en otros hechos. Murió en Guayaquil, en 1866.

José de Antepara
Jose de Antepara


Relevante figura de la gesta octubrina. Animó a sus paisanos y simpatizantes para que no desmayen en la causa revolucionaria. Nació en Guayaquil, en marzo de 1770, y murió en los campos de Huachi, en 1821. Cuando estuvo en Europa entró en contacto con Francisco de Miranda, Simón Bolívar, José de San Martín, Bernardo O’ Higgins, entre otros.

Desplegó una ejemplar y orientadora labor periodística. Impulsó todos los planes por la liberación de la ciudad; protagonizó el episodio de la Fragua de Vulcano en casa de José de Villamil y acompañó a Luis Urdaneta en la toma del cuartel Daule. Fue miembro y secretario del Colegio Electoral, reunido en noviembre de 1820.

León de Febres-Cordero



Junto con sus paisanos y colegas de armas Miguel de Letamendi y Luis Urdaneta, llegó a nuestra ciudad en los precisos días en que los patriotas gestaban la revolución por la independencia de Guayaquil. Tomó parte en todos los planes y decisiones, lideró el asaltó a los cuarteles y consiguió afianzar la entrega a la causa de todos los involucrados.

Nació y murió en tierra venezolana (1796-1872). Actuó en la campaña libertadora del territorio quiteño y del Perú; estuvo al frente de la División Protectora de Quito en la Batalla de Camino Real (9 de noviembre de 1820). Bajo las órdenes de Simón Bolívar cumplió otras labores diplomáticas y castrenses.

Lorenzo de Garaycoa

Lorenzo de Garaycoa

Nació en Quito, en 1794, y murió en Yaguachi en 1880. En 1816 peleó junto con los coroneles Jacinto Bejarano y José Carbo Unzueta para la rendición del almirante Brown. Impulsó los planes emancipadores y en la noche del 8 al 9 de cotubre estuvo con Urdaneta y Paula Lavayen a la toma del cuartel Daule y de la batería de Las Cruces.

Acompañó a su cuñado José de Villamil en el viaje de la goleta Alcance para comunicar a José de San Martín el triunfo de la revolución guayaquileña. Tuvo el grado de coronel de los ejércitos de la república. Fue regidor en 1822.
Posted by Anónimo in , | octubre 01, 2017
Fragua de Vulcano

FÉRREA UNIDAD
Los primeros pasos del golpe final de la revolución octubrina no tuvieron obstáculos. Por una ardid inteligente del capitán Damián Nájera, el comandante del Cuerpo de Artillería, Manuel Torres Valdivia, cayó prisionero y facilitó que el parque fuera tomado por los revolucionarios. Cerca de las 01:30 del lunes 9, el capitán León de Febres-Cordero, con apoyo de los hombres del Granaderos, llegó al cuartel del Cuerpo de Artillería en pos de mayor respaldo y lo consiguió, gracias a su arenga convincente en torno a los principios inspiradores de la faena.

Según lo planificado, el capitán Luis Urdaneta con varios jóvenes y algunos miembros de tropa del Granaderos llegó al Escuadrón Daule, que por la anticipada tarea de los sargentos José Vargas e Isidro Pavón ratificó su adhesión al movimiento. Entre esos felices desenlaces y aunque existió el buen deseo de evitar inútil derramamiento de sangre, el oficial Joaquín Magallar perdió la vida frente a sus subalternos al querer interferir el avance triunfal de los patriotas.

Mientras eso ocurría en el Daule, Francisco de Paula Lavayen, José de Antepara, Baltazar García y Lorenzo de Garaycoa, y otros revolucionarios y soldados del Daule, marcharon a ocupar la batería de Las Cruces. En cambio, en otros puntos de la ciudad fueron tomados prisioneros el gobernador Pascual Vivero, el vicegobernador José Elizalde y el coronel Benito García del Barrio. El capitán José Villalva fue arrestado muy por la mañana.

SEMANA TRASCENDENTAL
Del domingo 1 al domingo 8 de octubre de 1820, Guayaquil protagonizó actos que aseguraron el triunfo de los insurgentes. La decisiva reunión dominical en casa de José de Villamil, donde a propósito de un baile para Isabelita Morlás, hija de Pedro Morlás, ministro de las Cajas Reales, sirvió para que los conjurados a instancias del inteligente José de Antepara invocaran el simbolismo de la ‘Fragua de Vulcano’ y ratificaran el compromiso a seguir inclaudicables en el empeño de libertar a su tierra.

Asimismo, revistieron importancia las peticiones formuladas en distintos días al coronel Jacinto Bejarano, al jurista y literato José Joaquín de Olmedo y al coronel Rafael Ximena para que asumieran la jefatura del movimiento, quienes se excusaron amparados en razonados argumentos sin olvidar, eso sí, el compromiso adquirido. También revistió importancia la ayuda de los oficiales Gregorio Escobedo, Hilario Álvarez, Damián Nájera, Isidro Pavón, José Vargas y otros, quienes a pesar de formar las escuadras españolas, se mostraron solidarios con la revolución.

La llegada providencial a Guayaquil de los oficiales venezolanos Miguel de Letamendi, León de Febres-Cordero y Luis Urdaneta, del batallón Numancia, que regresaban desde Perú a su patria natal por descubrirse su vínculo con labores antirrealista, de la misma manera auguró el éxito del trabajo conspirador. El apoyo oportuno de Manuel de Luzárraga y Francisco Loro, que retrasaron el zarpe de la goleta Alcance para auxiliar a los próceres en los momentos de apremio o cualquier otro imprevisto relacionado con el golpe final de la jornada, también jugó papel determinante para el triunfo de la causa.

L os propósitos de revolucionarios que se manifestaron pese a ser manejados con cautela, determinaron que las autoridades españolas impusieran un mayor control de la ciudad y región, y no descuidaran su poderío militar en la plaza para apaciguar cualquier novedad. Testimonio de ello fue la numerosa tropa, obediente a la corona peninsular, repartida en los Granaderos de Reserva, Milicias Urbanas de Guayaquil, Escuadrón Daule, Brigada de Artillería y la tripulación de las lanchas cañoneras que patrullaban el río Guayas y sectores aledaños.

En medio de este alarde de fuerza, que puso en práctica la monarquía, los patriotas guayaquileños se mantuvieron unidos y continuaron llamando a más simpatizantes del movimiento. Las admiradas figuras de José de Antepara, José de Villamil, José Joaquín de Olmedo, León de Febres-Cordero, Rafael Ximena, Lorenzo de Garaycoa, Vicente Ramón Roca, Francisco de Paula Lavayen, Miguel Letamendi, Luis Urdaneta, Manuel de J. Fajardo y muchos otros personajes insistieron en su noble objetivo.

Alrededor de las 16:00 del domingo 8, los próceres estuvieron en casa de José de Villamil para evaluar los últimos pasos revolucionarios. Mientras conversaban observaron un inusual ajetreo de tropas realistas, actitud que les preocupó. Averiguado el porqué, conocieron que una Junta de Guerra que dirigió el gobernador Pascual Vivero, en la Casa del Gobierno, reveló que ya se conocían sus planes. Aún más, soldados del Granaderos de Reserva salió al Malecón y calles aledañas a realizar marchas para atemorizar a los líderes y simpatizantes del movimiento.

La orden de Vivero la secundó el oficial Joaquín Villalba, capitán del Puerto, quien ordenó que las lanchas cañoneras hicieran similares maniobras. Pero esas intenciones tuvieron efecto contrario, pues en lugar de acobardar a los patriotas los apuraron a agilizar los planes. Así, alrededor de las 22:00, Gregorio Escobedo se dirigió a la casa de José de Villamil para indicarle que lo previsto iba adelante y que a las 02:00 del nuevo día todos participarían del momento cumbre. Le recordó, además, que los revolucionarios estarían en el cuartel de Granaderos, convertido en el centro de operaciones.




El prócer José de Antepara bautizó como la Fragua de Vulcano al sitio de reunión de los próceres en casa de Villamil, en alusión al taller donde Vulcano, dios del fuego, forjaba los metales y los rayos de Júpiter,según la mitología romana.Detalle de la interpretación de la Fraguade Vulcano, obra de Diego de
Velázquez (1630).
Posted by Anónimo in , | septiembre 25, 2017
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independencia guayaquil octubre 1820 historia revolucion octubrina

Luego de haber permanecido en Europa durante algunos años, entre 1812 y 1816, empapados de nuevos conceptos políticos, volvieron a Guayaquil don José de Antepara y el Dr. José Joaquín de Olmedo.

A estos dos guayaquileños, hay que sumarles al luisianes José de Villamil, quien por haber nacido en los Estados Unidos conocía bien los principios de independencia, democracia y república.

De manera clandestina, estos personajes empezaron a reunirse con diferentes grupos de guayaquileños ante quienes expusieron cuales eran las nuevas formas de gobierno que debían regir el destino de los pueblos libres, explicando además que los pueblos de América no podían ser gobernados por un monarca absolutista que disponía de vidas y haciendas desde el otro lado del océano.

Olmedo y Antepara hablaron en términos de independencia, refiriéndose a la libre determinación de los pueblos y al derecho de estos de elegir a sus propios gobernantes, hablaron de democracia y de República, y demostraron que era necesario realizar cambios sustanciales en las estructuras políticas y sociales de los pueblos de la América española.

Fueron tan convincentes los principios y argumentos independentistas expresados por Antepara, Olmedo y Villamil, que sus voces fueron escuchadas, y esas ideas de independencia, democracia, constitución y libre determinación, poco a poco... de boca en boca... empezaron a regarse entre todos los guayaquileños.

Fue entonces que, a mediados de 1820, procedentes de Lima llegaron los oficiales venezolanos León de Febres-Cordero, Luis Urdaneta y los hermanos, Luis Felipe y Miguel de Letamendi, miembros del batallón realista "Numancia", quienes habían sido separados de dicho cuerpo por sus expresiones de rebeldía y simpatías independentistas.

Los tres oficiales criollos encontraron en Guayaquil un ambiente conforme con sus ideales independentistas, por lo que los patriotas guayaquileños, al conocer las causas de su presencia en la ciudad, los invitaron a quedarse para participar en el movimiento revolucionario que se estaba gestando.
Y es que los guayaquileños sabían que para proclamar su independencia, a más de la fuerza consistente de sus ideas, necesitaban también la fuerza determinante de las armas y una gran cantidad de efectivos militares, fue por eso que con inteligencia y argumentos, contando además con la presencia de los oficiales venezolanos lograron convencer a la oficialidad de los regimientos acantonados en la ciudad, entre los que se encontraban el Cap. Gregorio Escobedo, el "Cacique" Alvarez, el Cap. Nájera y los sargentos Vargas y Pavón.
La revolución guayaquileña estaba en marcha.

El domingo 1 de octubre de 1820, don José de Villamil y su esposa, doña Ana Garaycoa, ofrecieron una fiesta en su casa del Malecón. A Villamil le pareció una magnífica oportunidad para reunir a los conspiradores, por lo que sin levantar sospechas, encargó a Antepara la misión de invitar también a todos aquellos a quienes considerara dispuestos a respaldar la idea emancipadora, incluyendo a los oficiales que comandaban los regimientos de la ciudad.

Esa noche, a mitad de la fiesta y sin llamar la atención de los presentes, mientras las parejas bailaban en el salón principal Antepara convocó a los conjurados en una habitación apartada, disimulada tras gruesos cortinajes, y los reunió alrededor de una mesa a la que llamó "La Fragua de Vulcano", con el propósito de ultimar los detalles del golpe revolucionario, acordándose que este se daría en las primeras horas del 9 de octubre.
Los días siguientes fueron de gran actividad: Los comprometidos en el movimiento independentista continuaron reuniéndose secretamente, y en una de estas reuniones consideraron la necesidad de nombrar un líder para comandar la revolución en marcha.

En su orden, los escogidos fueron Jacinto Bejarano, José Joaquín Olmedo y Rafael María de la Cruz Jimena, quienes se excusaron señalando cada uno poderosas razones.

Ante las inquietudes que se produjeron debido a esta situación, León de Febres-Cordero, en un arrebato propio de su fervoroso carácter, se interpuso ante ellos diciendo": "No es necesario seguir ocupándonos de tal asunto... Que cada uno cumpla con su deber en la parte que le corresponda, y basta... No necesitamos invocar otro nombre que el de la Patria... por ella vamos a arriesgarlo todo..."
A los pocos días, preocupado por que no se conocía nada con respecto a las campañas de San Martín y de Bolívar, y con la certeza de que los españoles mantenían en el Perú una gran fuerza compuesta por cerca de 22.000 hombres, y en Pasto, otra con 6.000, en un momento de indecisión Villamil sugirió que el movimiento debía ser aplazado.
Pero nuevamente surgió el talento y la decisión de Febres-Cordero, quien, comprendiendo que no había tiempo que perder, dijo: "¿Cuál es el mérito, que contraeremos nosotros con asociarnos a la revolución después del triunfo de los generales Bolívar y San Martín...?
Ahora que están comprometidos, o nunca; un rol tan secundario en la independencia es indigno de nosotros.

De la revolución de esta importante provincia puede depender el éxito de ambos generales en razón al efecto moral que esto produjera aunque no produjera nada más.
El ejército de Chile conocerá que no viene a un país enemigo y que en caso de algún contraste tiene un puerto a sotavento que se puede convertir en un Gibraltar. El Gral. Bolívar nos mandará soldados acostumbrados a vencer y desde aquí le abriremos las puertas de Pasto que le serán muy difícil de abrir atacando por el norte"

En la tarde del 8 de octubre los conspiradores se reunieron nuevamente en casa de Villamil para ultimar los detalles de la revolución, y a las 10 de la noche Escobedo regresó a casa de Villamil y le dijo que todo estaba listo para las dos de la madrugada, y que a esa hora lo esperaría en su cuartel. Entonces, despidiéndose, le dijo: "Adiós, hasta vernos triunfantes", a lo que Villamil le respondió "¿Tan cierto tiene usted el triunfo?", "No hay con quien pelear, ni una sola gota de sangre correrá", contestó Escobedo, con la seguridad de tener comprometida a toda la tropa
En las primeras horas del 9 de octubre de 1820 se escuchó repetidas veces el grito de "Viva la Patria", expresado por los patriotas que acompañaban a Villamil.
Al llamado de la Patria, ocultos entre los soportales y protegidos por las sombras de la noche, uno a uno los comprometidos con el golpe revolu¬cionario fueron llegando al Cuartel de Granaderos, situado en los bajos de la Casa del Cabildo (donde hoy queda el Palacio Municipal), cuyos miembros ya estaban comprometidos por Escobedo, y luego de pon¬erse de acuerdo y de asignarse las respectivas responsabilidades, cada uno partió a cumplir con su destino frente a la historia.

Febres-Cordero y el Cap. Nájera dominaron el Cuartel de la Brigada de Artillería, al tiempo que Urdaneta junto con Antepara, 25 hombres del Granaderos, los sargentos Vargas y Pavón y un grupo de civiles se apoderaba del Cuartel Daule (situado donde queda el antiguo edificio del Hotel Humboldt), cuyo Jefe el Cmdte. Joaquín Magallar murió con honor tratando de enfrentar la revolución. Minutos después, ese mismo grupo de patriotas capturó también la batería "Las Cruces" (situada en la orilla, a la altura de las calles Argentina y Gral. Gómez).
Finalmente, el "Cacique" Alvarez apresó al Gobernador y al poco rato, comprendiendo que era inútil luchar, se entregaron también las otras autoridades y los jefes militares.

En la mañana de ese 9 de Octubre de 1820, cuando brilló "La Aurora Gloriosa", Guayaquil ya era libre, para siempre, del dominio español.

A las diez de la mañana se constituyó una Junta de Gobierno que estuvo conformada por el Crnel. Gregorio Escobedo; el Dr. Vicente Espantoso y el Tnte. Crnel. Rafael María Jimena; quienes dispusieron que de inmediato se enarbolara la bandera de Guayaquil Independiente, formada por cinco franjas horizontales, tres celestes y dos blancas, y en la celeste del centro, tres estrellas blancas.
"Las tres estrellas representaban a Guayaquil, Portoviejo y Máchala. No podían representar a los tres departamentos: Quito, Cuenca y Guayaquil, porque estos fueron creación colombiana y en 1820 aún no existían (...) Esta bandera de Guayaquil, que sustituyó a la española en la misma mañana del 9 de octubre de 1820, es la primera bandera nacional de nuestra Patria"

Se anunció entonces por "bando" la libertad obtenida, y acto seguido "por el voto general del pueblo", al que estaban unidas todas las tropas acuarteladas, se proclamó de manera definitiva la libertad y se firmó el Acta del Cabildo del 9 de Octubre de 1820, que constituye de hecho el "Acta de la Independencia de Guayaquil" y por que no decirlo, de toda la Patria.
En la misma Acta quedó consignado que ese mismo día debía "recibirse el juramento del señor Jefe Político que se ha nombrado, y que lo es el señor don José Joaquín Olmedo, por la voluntad del pueblo..."

Ese 9 de octubre de 1820, por primera vez en nuestra historia, se mencionó de manera oficial la palabra independencia. Pasado el medio día, Villamil y Febres-Cordero insistieron ante Olmedo para que asuma el cargo de Gobernador Civil de la Plaza, y aunque este se excusó varias veces, tuvo finalmente que acceder.

Olmedo sabía que a la independencia obtenida había que darle el respaldo jurídico necesario para consolidarla; fue por eso que al día siguiente de proclamada, lo primero que hizo el Ayuntamiento, bajo su personal conducción, fue preparar la elección de un gobierno legítimo basado en el voto popular, para lo cual acordó convocar a una Junta Representativa de todos los pueblos de la Provincia Libre de Guayaquil, que debía reunirse en esta ciudad un mes más tarde.
El eco de la revolución de octubre retumbó en todos los rincones de la patria, y los jóvenes criollos, que organizaron las primeras tropas para intentar dar la independencia a Quito, llevaron a los pueblos del interior nuevos alientos y esperanzas de libertad e independencia
Posted by Laminas Escolares in , | agosto 10, 2017
Monumento Héroes del Primer Grito de Independencia de Ecuador


Monumento Héroes del Primer Grito de Independencia de Ecuador


El monumento de la Plaza Grande en honor a los próceres del 10 de Agosto de 1809, que impulsaron el Primer Grito de la Independencia.

Visto como un elemento turístico, es visitado por nacionales y extranjeros para tomarse la foto de rigor, y de cuando en cuando los guías ofrecen una explicación de su simbolismo.
Los cierto es que hoy se cumplen 100 años de la inauguración del monumento, que no solo es un homenaje a ese puñado de quiteños que protagonizó la gesta del 10 de Agosto de 1809, sino que también es en honor a los masacrados el 2 de Agosto de 1810.

En 1888 durante el gobierno de Plácido Caamaño se emitió en decreto presidencial para levantar este monumento. En abril de 1894 el gobierno de Luis Cordero encarga al italiano Juan Bautista Minghetti el diseño de la obra. En 1898 por iniciativa de Eloy Alfaro, se decide que los gastos del monumento corren a cargo del pueblo ecuatoriano independientemente del presupuesto nacional, por lo que se crea un fondo único especial del 1% sobre las rentas del todas las municipalidades durante un quinquenio.

Luego Francisco Durini Cáceres, a nombre de la compañía L. Durini & Hijo presentó una propuesta definitiva de diseño, guardando los conceptos y formas básicas de Minghetti.
Se perfeccionaron las ideas y se firma el contrato con las especificaciones formales y técnicas el 6 de mayo de 1904. Se construyó en Italia pero se armó en Quito, y el 10 de Agosto de 1906, el presidente Eloy Alfaro inauguró el monumento.

LA TEA

Es la luz del conocimiento y la lógica, es decir de la razón, ilumina al mundo. Imagen escogida para simbolizar el fin del oscurantismo.
Es reconocida también como la antorcha de Quito, Luz de América.

LA DAMA

Representa a Libertas, diosa romana de la libertad personal. Guerrera que simboliza la ida de que la libertad se conquista con las armas.

LOS LAURELES

En las antiguas Grecia y Roma una corona de laurel era entregada como recompensa a poetas, deportistas y guerreros por las victorias alcanzadas.

LAS ARMAS

Durante la época republicana fueron símbolo para representar la fuerza en la unidad. En la Roma antigua simbolizaban la autoridad de un cónsul para castigar y ejecutar.
Este haz de varas está amarrado con una correa que forma un cilindro alrededor de un hacha. Se denomina en italiano fascio, que significa atado.

EL ORBE

Representación heráldica del poder imperial. Es una esfera, que representa al mundo, en ocasiones coronada por una cruz y a menudo rodeada por un anillo en su centro.

HOJAS DE ACANTO

La combinación de sus bellas hojas con espinas fue interpretada como símbolo de los logros importantes, alcanzados con esfuerzo y penalidades.

LAS PALMAS

Son otro símbolo de victoria. En la antigüedad se daba la bienvenida a los triunfadores batiendo sus palmas sobre sus cabezas.

CÓNDOR

Ave propia de la región de los Andes. El cóndor, que rompe las cadenas con su pico, representa a Quito que se libera de España.

LEÓN

Las culturas de la antigüedad mediterránea lo relacionaron con el poder y la realeza. El león herido representa la vencida corona española que se aleja para dar paso a la libertad.

EL CONJUNTO IBÉRICO

Está conformado por dos estandartes y un cañón, tres rifles y una cruz, que representan los valores y el poder derrotado de la monarquía española.
También significa las guerras hasta lograr la independencia.
La cruz es el signo del catolicismo impuesto por España.

Fuente: Edufuturo
Posted by Laminas Escolares in , | agosto 09, 2017
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Museo de cera Próceres 2 de Agosto 1810






A raíz de la Revolución del 10 de Agosto de 1809, los patriotas quiteños conformaron una Junta Soberana de Gobierno que desgraciadamente -por no tener ideología política ni contar con el respaldo del pueblo- tuvo muy corta duración, por lo que éstos resolvieron devolver la Presidencia de la Audiencia de Quito al anciano Conde Ruiz de Castilla, quien prometió conservar la Junta y no tomar ningún tipo de represalias en contra de los quiteños.

Instalado nuevamente en el poder, Ruiz de Castilla traicionó su palabra y desató una feroz persecución en contra de quienes habían participado en la revolución del 10 de agosto de 1809, capturando a gran número de ellos a los que encerró en los calabozos del Cuartel Real de Lima. Al mismo tiempo y para complementar su traición, hizo promulgar -por bando- la advertencia de que se aplicaría la pena de muerte a todo aquel que, conociendo el paradero de algún insurgente, no lo denunciara.

En esos días y aprovechándose de la fuerza de las armas, los soldados realistas del Crnel. Manuel Arredondo -que habían llegado de Lima para sofocar la revolución- cometieron una serie de atrocidades saqueando, violentando, asesinando y atropellando diariamente a los quiteños, que cansados de sus abusos formaron nuevos comités para la defensa de los vecinos y prepararon un plan para liberar a los prisioneros.
Llegó entonces el trágico 2 de agosto de 1810.

Ese día, las dos pequeñas hijas del Dr. Manuel Quiroga, acompañadas por una sirvienta de raza negra que se encontraba encinta, habían ido a visitarlo llevándole el almuerzo. Salinas, enfermo, agonizaba en su lecho; el día anterior se había confesado y comulgado como verdadero católico. Otros patriotas recibían las visitas de sus respectivas esposas; nadie sabía lo que el pueblo estaba preparando...
“Faltaba un cuarto de hora para las 2 p.m., cuando tocaron en las campanas de la catedral a rebato. Seis hombres armados de cuchillos se presentaron delante del portón del Real de Lima: Llamábanse Landáburu, Mideros, Albán, Godoy y dos hermanos Pazmiño” (Roberto Andrade.- Historia del Ecuador, tomo I, p. 227).

“Armados de puñales y coraje vencieron la guardia del Real de Lima y penetraron
resueltos al interior del cuartel. Sembraron el pánico entre los soldados dispersos en los corredores y el patio de la planta baja y se dirigieron denodadamente a cumplir su principal objetivo: liberar a los próceres” (Carlos de la Torre Reyes.- La Revolución de Quito del 10 de Agosto de 1809, p. 475).

Momentos después los soldados reaccionaron, y disparando un cañón barrieron con casi todos los atacantes. Seguidamente el Cap. Galup -acompañado de varios milicianos- se dirigió a los calabozos donde permanecían encerrados los patriotas y dio a los soldados la terrible orden: “Fuego a los presos...”

Quiroga se puso en pie tratando de proteger a sus hijitas, mientras que rogando por la vida de su amo, la fiel negra se postraba de rodillas ante los soldados que acababan de entrar en el calabozo. Un brutal sablazo cayó sobre la cabeza de la infeliz negra que murió desangrándose en el piso. Las dos pequeñas se interpusieron entonces entre los soldados y su padre, pero uno de ellos, de un empellón las tiró a un lado y avanzó sobre Quiroga con el sable en alto ordenándole a voz en cuello: Grita ¡Vivan los limeños...!, a lo que Quiroga, erguido como un roble le respondió: “Viva la religión... Viva la fe católica...”, asegurándose de esta manera la absolución de los mártires. Cayó entonces sobre su cabeza el arma homicida y, tambaleándose, ensangrentado, alcanzó a dar algunos pasos hacia la puerta pidiendo “Confesión... Confesión...”.

“Los que fueron despedazados con hachas, sables y balas, fueron los Ministros de Estado mencionados, el senador Juan Pablo Arenas, el presbítero Riofrío, el Crnel. D. Juan Salinas, los tenientes coroneles Nicolás Aguilera, Antonio Peña y Francisco Javier Ascázubi, el capitán José Vinueza, el joven teniente Juan Larrea y Guerrero, el Gobernador de Canelos, D. Mariano Villalobos, el escribano D. Antonio Olea, D. Vicente Melo y otros, cuyos nombres no menciona la historia. Veintiocho perecieron de esta manera horripilante” (R. Andrade.- ídem p. 229).

Aquello fue una carnicería horrible hecha a hombres indefensos, encadenados todavía muchos de ellos. Muy pocos se salvaron.

Mientras tanto, los otros comprometidos, los que debían atacar el cuartel de Santa Fe, vecino al Real de Lima, acobardados al momento de actuar “Quedan estáticos a la vista del peligro, y dejan a sus compañeros sacrificados en medio de quinientos enemigos...” (Pedro Fermín Cevallos.- Resumen de Historia del Ecuador, p. 69).
“Consumada la masacre del cuartel, sedientos de venganza y sangre, los soldados salieron a las calles. El pueblo desarmado les enfrentó con coraje. Las casas y los almacenes fueron saqueados, rotos los muebles, espejos, lámparas, cristales y relojes. Los soldados se repartían el dinero robado, tomando como medida la copa de un sombrero. Mataron menos por robar más” (Dr. M. A. Peña Astudillo.- 200 Años y una Vida, p. 63).

Al caer la tarde, las víctimas de la cobardía sobrepasaban las 300, y sólo gracias a la valerosa intervención del obispo José Cuero y Caicedo -quien se presentó valerosamente frente a las autoridades- se pudo detener la masacre y el vandalismo.
Se acordó entonces que se correría un velo sobre los autores de la matanza y que Arredondo abandonaría en corto plazo la ciudad y la Audiencia.
“Al fin, el 18 de agosto, salen de Quito las tropas del Real de Lima, al mando de Arredondo, van cargadas de honores, dineros y grados. La hazaña del día 2 ha valido condecoraciones y recomendaciones. Se les confiere el título de: Pacificadores de Quito; las casas y las tiendas saqueadas les han colmado las mochilas, llevan más de trescientos mil pesos en ellas; el Real Acuerdo les ha conferido ascensos. Arredondo va ya de coronel y así todos los demás jefes y oficiales. Pero van también cargados de maldiciones y de ignominia.

El pueblo los ve partir y los llena de execraciones, no responden a ellas, marchan cabizbajos, no de remordimiento, ni de vergüenza, sino de miedo, no de miedo a que les maten, sino de miedo a que les quiten lo que van saqueando... En medio de la tropa va arrestado el oficial de guardia Juan Céliz, porque éste ha dicho en su declaración jurada que fueron solamente seis los que asaltaron el cuartel y que los presos no hicieron amago alguno; informe jurado que desnaturaliza la hazaña…” (Manuel María Borrero).

Con el Asesinato de los Patriotas Quiteños llegó a su fin la revolución del 10 de agosto de 1809, que si bien no buscaba la independencia de España tuvo el mérito de involucrar en ella tanto a criollos como a realistas que, rechazando los sistemas implantados, buscaban una forma propia de autogestión y gobierno, manteniendo -eso sí- una relación de dependencia con la península.

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Museo de Cera


El 3 de abril de 1957, el Sr. Alberto Mena Caamaño donó al Municipio de Quito su valiosa colección de objetos de arte y documentos acumulados a lo largo de toda su vida. Dos años más tarde, el 9 de noviembre de 1959, el Museo al ser inaugurado toma su nombre.

La nueva oferta de exposición permanente para el museo de Alberto Mena Caamaño denominada " de Quito Ecuador " y será un viaje desde 1700 hasta 1830, de Pedro Vicente Maldonado al brote de la nueva república independiente que decidió en el nombre de Ecuador.

Las colecciones del museo serán manejadas en exposiciones temáticas temporales distribuidas en cuatro cuartos y un sitio conceptual, que permitirán que el visitante entienda, interprete, refleje y obre recíprocamente con la cosa expuesta, y, a través de la ruta por el centro cultural metropolitana, saber los puntos históricos que reconstruya los hechos que sucedieron en el edificio.

El museo de Alberto Mena Caamaño incluye:

Muestra permanente del arte moderno ecuatoriano, que se basa en los trabajos que han merecido el premio anual de la pintura y escultura "Mariano Aguilera".

La muestra permanente histórica "de Quito Ecuador", que lleva al visitante por una ruta desde Pedro Vicente Maldonado al primer grito de la independencia y el martirio del 2 de agosto de 1810, y culmina en el museo de cera.

La escena de los 2 de agosto de 1810, en figuras de la cera, inspirada por un cuadro de Cesar Villacres y elaborada por el francés Alexander Barbieri. Las estatuas están situadas en el mismo lugar donde los proceres fueron asesinados por los militares limeños.

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